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Archivo de la etiqueta: Bohemia

Mi Bohemia

Por Pedro Hernández Soto

bohemia 1.1.jpgUn medio de comunicación es reflejo y parte de la sociedad en la cual existe. BOHEMIA con sus casi 110 años de creada, única revista iberoamericana de contenido variado con tal longevidad, ha sido por tanto testigo, juez y partícipe de muchos de los más importantes hechos ocurridos en Cuba y el mundo, con una óptica cada vez más revolucionaria.

Mis contactos con ella comenzaron en la niñez. Era el único –como mayor de los hijos varones- autorizado por mi padre para levantarme de la mesa durante la comida, cada jueves-viernes en la tarde-noche, para interceptar a aquel hombre grueso, de piel negra, vendedor de periódicos, llamado Juan de Mata quien, empujando su pesada por cargada carretilla, se acercaba a la puerta de mi casa entonando su pregón, en su  tránsito para promover en la ciudad, la edición semanal acabada de llegar desde La Habana. Era en el Cienfuegos de los años finales de la década de los años 40.

La revista en mi hogar era casi mística. Tenía un lugar propio para depositarse –recuerdo muy bien el espacio correspondiente en el blanco y recto mueble de buena madera, que sostenía el viejo radio RCA Víctor- y la leían de modo principal mi padre y una tía que vivía con nosotros. Mi madre y nosotros, los muchachos, la hojeábamos despreocupadamente fijándonos más en las caricaturas y las tiras cómicas.

Pero el domingo, ¡Ah!, el domingo pertenecía por completo a mi padre, a menos que existiera alguna situación importante en el país y buscara la información en sus escasas horas de descanso nocturnas a lo largo de la semana. Él siempre tuvo la prioridad en todo momento. Read the rest of this entry »

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Díaz Canel, cubano integral

Por Pedro Hernández Soto

collage 1 copiaPrimero conocí a Miguel, el padre: de regular estatura, delgado, buen conversador, hábil tabaquero, y después a los dos hijos y por último a Aida, la madre; residentes todos en una modesta casa de mampostería con techo de madera y tejas, en Nazareno casi esquina a Colón, allá en Santa Clara.

Aquel hombre algo mayor ya era amigo de viejos periodistas de Vanguardia con quienes conversaba a menudo, sentados a la sombra de los robustos árboles del parque Leoncio Vidal, en escasos momentos de descanso editorial. Rápido me incorporé a aquella peña sui géneris donde se discutía todo lo humano y lo divino y que en ocasiones se trasladaba hasta la barra de la pizzería Toscana, donde “tomábamos la tarde”.

En la casa del entonces administrador del periódico nos reuníamos con múltiples pretextos varios compañeros de trabajo y allí conocí a Miguel Díaz Canel Bermúdez.

Pronto supo incluirse, sin aparente esfuerzo, en aquellas conversaciones informales de personas mayores en edad, donde se discutían los más diversos temas. Al principio nos observaba con particular atención sin intervenir en los debates.  Después, tomó confianza, comenzó sobre todo a preguntar bastante y me llamó la atención su sed de saber, la profundidad de su pensamiento y la agudeza de sus interrogantes.

Por supuesto, con rapidez me informé sobre Miguelito o Migue tal cual le llamábamos todos en confianza. Estudiaba ingeniería electrónica en la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas (UCLV) , cursaba algunos años por delante de mi hijo mayor (quien lo hacía en la especialidad de mecánica), por tanto, me fue fácil conocer que obtenía el máximo de puntuación en todas las asignaturas, integraba el equipo de polo acuático y un grupo de teatro, y era dirigente de la FEU y la UJC.

collage 2 copiaConocedor de esas cualidades decidí seguirle los pasos en lo posible.  Al comenzar el quinto año fue llamado al Instituto Técnico Militar José Martí (ITM) para especializarse en instalaciones para la conducción de cohetes antiaéreos. Tras graduarse en la Plaza de la Revolución (1983) y obtener un reloj cifrado con el reconocimiento del General de Ejército Raúl Castro Ruz –a la sazón ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias- fue asignado a una unidad, que, con su participación, obtuvo brillantes resultados en unos de los ejercicios efectuados en Europa, llamado de los Ejércitos Amigos.

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Fidel, el de las agallas

Por Ilse Bulit

fidel-castro-con-la-campana-de-la-demajagua

El estudiante Fidel Castro Ruz, en la Universidad de La Habana, junto a la campana del ingenio La Demajagua que llamó al combate el 10.10.1868

Era viernes, el día de la Bohemia. La abuela regresó, revista en mano. La niña sabía leer, pero la abuela dirigía las lecturas. Se detuvieron frente a la foto del joven y la campana. La pequeña reconoció la campana. La abuela le había hablado de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, un juramento y la campana. La abuela ordenó la lectura. Sonrió pícara. “Ese blanquito tiene agallas”, dijo. Fue el primer encuentro con Fidel.

Después, un día lo descubrió hecho voz en la radio, en la COCO, y por lo que denunciaba, repitió lo de las agallas y buena conocedora del sonido humano, le felicitó también la entonación viril. Pasaría el tiempo, contado más largo para los de abajo en la escala social, cuando ansiosas, la nieta ya adolescente, buscaban en el radio Phillips de bombillos la emisora rebelde. Encontrada solo una vez, la identificaron por la voz de la mujer, la “estática” -así le decían entonces a aquella interferencia-, no permitió conocer si era él el hombre que hablaba.

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La Bohemia de Pello

“Pedrito, ve a la gavetica, coge 15 centavos y busca la Bohemia” era la frase acostumbrada por mi padre, quien interrumpía cada viernes la cena, en aquella humilde mesa allá por la década de los 50.  Era la única ausencia momentánea o dilatada que permitía la convocatoria gastronómica regida por férrea disciplina doméstica.

La orden no me sorprendía pues siempre en esos momentos, estaba yo pendiente del pregón de Juan de Mata, que comenzaba a oírse desde muy lejos y venía acercándose, en la medida en que aquel hombre negro, grueso, bonachón y sudoroso se aproximaba empujando aquella – descomunal para mí – carretilla llena de periódicos y revistas. Al final eran sus resoplidos los que indicaban que había llegado.

Muchas veces los quince centavos no existían en “la gavetica” y al conocerlo, Pello (apodo de mi padre) me inquiría: “Dile a Juan que te dé la revista y se la pagamos la semana entrante”

Cada ejemplar tenía destino preciso: siempre debía reposar en el mueble que sostenía el viejo radio RCA Víctor, forrado de madera barnizada y damasco, aquel de misiones tan importantes como recibir cada noche los noticieros nacionales y extranjeros, los juegos de los campeonatos de la pelota profesional cubana y las transmisiones de Radio Rebelde desde la misma Sierra Maestra.

Allí reposaba la Bohemia, asequible para cada quien, pero con excepción de los domingos cuando era para la exclusiva lectura de Pello.

Desde hace mucho, he dejado de ser Pedrito, pero la Bohemia sigue ocupando un sitio privilegiado en la sala de mi casa, lista para que cualquier pueda leerla; menos los domingos. Ese día, es solo para mí; otra manera de recordar.

Pedro Henández Soto

La Habana

 

 
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Publicado por en 22/05/2011 en Cuba, cultura

 

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