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Archivo de la etiqueta: Ilse Bulit

Cuba, la tierra firme

Cuento corto de Ilse Bulit

cervezasEl encuentro, casual. Horas después, en soledad, cada uno reflexionó sobre las pistas de aquel reconocimiento inmediato. Uno, en el hotel, tocando los collares. A ellos les agradeció la adivinación de aquel rostro. El otro, sumido en la soledad hogareña, al fisgonear el porqué del inmediato reconocimiento, lo atribuyó a que en la vejez, los recuerdos infantiles ocupan el primer lugar, antes del  reclamo por adivinar en dónde, en el mes anterior, se guardó la chequera.

Aquellos dos ancianos encontrados frente a frente en la acera demostraban que los veinte años de María Teresa -unidos a los veinte cantados por Gardel– reestructuran la configuración física. Eran dos obesos de calvas escondidas por gorras, solo diferenciados por los modelos de los lentes y las marcas de los zapatos.

Cierto titubeo partido de los dos, demoró el abrazo llegado al fin con tanta fuerza que las cuentas de los collares les apretaron el pecho y a ellas culparon lo acelerado del corazón, pues la cadena con la medalla de la Caridad del Cobre llevada por el otro, era de las de ayer, las de oro legítimo, finas en su espesor.

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Fidel, el de las agallas

Por Ilse Bulit

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El estudiante Fidel Castro Ruz, en la Universidad de La Habana, junto a la campana del ingenio La Demajagua que llamó al combate el 10.10.1868

Era viernes, el día de la Bohemia. La abuela regresó, revista en mano. La niña sabía leer, pero la abuela dirigía las lecturas. Se detuvieron frente a la foto del joven y la campana. La pequeña reconoció la campana. La abuela le había hablado de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, un juramento y la campana. La abuela ordenó la lectura. Sonrió pícara. “Ese blanquito tiene agallas”, dijo. Fue el primer encuentro con Fidel.

Después, un día lo descubrió hecho voz en la radio, en la COCO, y por lo que denunciaba, repitió lo de las agallas y buena conocedora del sonido humano, le felicitó también la entonación viril. Pasaría el tiempo, contado más largo para los de abajo en la escala social, cuando ansiosas, la nieta ya adolescente, buscaban en el radio Phillips de bombillos la emisora rebelde. Encontrada solo una vez, la identificaron por la voz de la mujer, la “estática” -así le decían entonces a aquella interferencia-, no permitió conocer si era él el hombre que hablaba.

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