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¡Y con los zapatos rotos!

13 Feb

Por Pedro Hernández Soto

Pitito, Pepe y Pedrito 6.03.1948Ante todo, una declaración de fe: No me considero fotógrafo ni crítico de fotografía, tan solo soy una persona que le gusta apreciar la estética de una instantánea -en cuanto a su composición, contrastes, definición y demás atributos-, y aún ver más allá, tratando de adivinar lo que yace en sus contenidos.

De nuevo lo pensé cuando observé por enésima vez esta foto que debe ser del año 1947, donde aparezco con mis hermanos María Caridad (Pitito) y José Indalecio (Pepito), ambos ya fallecidos. Ella tenía entonces unos once años, cinco él y yo alrededor de ocho. Es muestra del entusiasmo de nuestros padres recién cuando mi hermanito terminaba el kindergarten y había participado en la fiesta de disfraces por la clausura del curso. Y de esta estampa puedo contar varias historias de la época, imbricadas, de felicidades, añoranzas y duras realidades.

El artista del lente fue Santiago. Él tenía su estudio en la importante calle comercial San Fernando, de Cienfuegos, al doblar desde la avenida del Prado -donde estaba la piquera de Peyo, mi padre- hacia Gacel. Ellos tenían muy buenas relaciones pues siempre que les vi encontrarse se saludaron con mucha cordialidad. Tan solo guardo otra foto más de estudio, por cierto, del mismo autor, y en esta aparece mi hermana con toga y birrete, en ocasión de graduarse como bachiller. Fue otro momento muy relevante para mi humilde familia.

Ella fue una mulatica bonita, de “pelo bueno” (según calificativos discriminadores), con agraciado cuerpo sostenido por bellas piernas, esto último algo que los hombres de aquellos tiempos tenían muy en cuenta, y que nos costó a mi hermano y a mí no pocas incomodidades y discusiones con quienes la piropeaban en la calle, cuando predominaba el machismo rampante y feroz.

Aquí lucía un vestido confeccionado por mi madre –al igual que el disfraz de mi hermano- quien ponía todo su amor y profesionalidad en confeccionarnos además camisas, pantalones, blusas y hasta abrigos para el invierno. En la porción izquierda del pecho se le quedó prendido un sello, comprobante de su aporte a la campaña de la Liga contra el Cáncer.

Debo explicarle a los más jóvenes que más de una vez por año esa institución organizaba colectas públicas efectuadas por voluntarios que salían a las calles “armados” de jarros cerrados, con carteles identificativos, y que le colocaban en el pecho -cuando usted hacía una contribución, una obra de caridad- un pequeño cuadrado de papel con una cruz roja impresa y un letrerito. A ello predecía una fuerte campaña mediática promotora de la recaudación. Era así como se lograban fondos –por supuesto, insuficientes- para tratar de paliar ese flagelo que aún causa muertes, duelos, tristezas y depresiones a los seres humanos. Lejos estaban aún los actuales tiempos de existencia del Instituto de Oncología y Radiobiología (Oncológico) y los servicios contra el cáncer esparcidos por todos los hospitales de Cuba.

Mami había hecho con relativa facilidad el atuendo de Pepe –incluidas las pantuflas-, utilizando retazos de tela y otros abalorios. Todos quedamos muy contentos cuando él asistió a aquella fiesta del aula regida por una prima hermana nuestra (a todas luces de “raza blanca”), graduada en la Escuela Normal de Maestros de Santa Clara, profesora de piano y con voz educada en la Coral de Cienfuegos, auspiciada por la Catedral cienfueguera y dirigida por un sacerdote de esa diócesis.

Aquel “kínder” tenía magníficas condiciones materiales pues disponía de un local amplio y ventilado, bien pintado y acogedor, ubicado en la calle Tacón entre San Carlos y San Fernando. Abundaban juguetes, mesas y sillas, y todo ello lo diferenciaba, de manera notable, de los dependientes del presupuesto público. Se decía estaba subvencionado por un poderoso comerciante local de apellido Ferrer. En general era tremendamente difícil lograr una plaza para ejercer el magisterio por falta de fondos salariales, escuelas, aulas y pupitres, en un país donde existían cientos de miles de analfabetos. Por supuesto, aquel para niños blancos acomodados no correspondía a un mulatico vivaz -aunque tuviese tez clara, ojos casi verdes y nariz afilada-, y su incorporación se debió al parentesco con la maestra. El júbilo familiar era justificado: ¡Pepito era un afortunado, había estado “en la crema”!

El desempeño profesional de Mami nos permitió importantes ingresos para la familia mientras pudo mantenerse activa y hasta le produjo la gran satisfacción, tras el triunfo de la Revolución, de dirigir el taller de costura del Grupo Experimental de Teatro de Cienfuegos, que fundó el matrimonio de directores llamado “Los Panelo”. Sentía especial gozo al poder estudiar –aunque fuese ya en plena madurez de su vida- épocas, historias, costumbres y modas, y entonces diseñar y confeccionar vestidos y trajes que lucirían actrices y actores en los escenarios.

En la foto yo también aparezco bien elegante. Visto una combinación de saco cruzado oscuro y pantalón color claro de tela de una magnífica “caída”. En realidad, era un traje de gala de la Escuela de los Hermanos Maristas de la Congregación de Champañat, a la cual, por supuesto, yo no podía asistir ni en sueños. Como estaba en buen estado –aunque era de segunda mano-mi padre lo había aceptado a modo de parte del pago de la deuda de un cliente a cuyo hijo ya le quedaba chiquito. Mi sonrisa es muestra de alegría por lucir tan distinguido: ¡Con aquella edad ya tenía un traje!

Pero la felicidad no era completa. La imagen no deja ver algo muy importante: ¡Mis zapatos tenían sendos agujeros en las suelas, causados por el sobreuso!

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