Por Pedro Hernández Soto
Un medio de comunicación es reflejo y parte de la sociedad en la cual existe. BOHEMIA con sus casi 110 años de creada, única revista iberoamericana de contenido variado con tal longevidad, ha sido por tanto testigo, juez y partícipe de muchos de los más importantes hechos ocurridos en Cuba y el mundo, con una óptica cada vez más revolucionaria.
Mis contactos con ella comenzaron en la niñez. Era el único –como mayor de los hijos varones- autorizado por mi padre para levantarme de la mesa durante la comida, cada jueves-viernes en la tarde-noche, para interceptar a aquel hombre grueso, de piel negra, vendedor de periódicos, llamado Juan de Mata quien, empujando su pesada por cargada carretilla, se acercaba a la puerta de mi casa entonando su pregón, en su tránsito para promover en la ciudad, la edición semanal acabada de llegar desde La Habana. Era en el Cienfuegos de los años finales de la década de los años 40.
La revista en mi hogar era casi mística. Tenía un lugar propio para depositarse –recuerdo muy bien el espacio correspondiente en el blanco y recto mueble de buena madera, que sostenía el viejo radio RCA Víctor- y la leían de modo principal mi padre y una tía que vivía con nosotros. Mi madre y nosotros, los muchachos, la hojeábamos despreocupadamente fijándonos más en las caricaturas y las tiras cómicas.
Pero el domingo, ¡Ah!, el domingo pertenecía por completo a mi padre, a menos que existiera alguna situación importante en el país y buscara la información en sus escasas horas de descanso nocturnas a lo largo de la semana. Él siempre tuvo la prioridad en todo momento. Read the rest of this entry »

Ante todo, una declaración de fe: No me considero fotógrafo ni crítico de fotografía, tan solo soy una persona que le gusta apreciar la estética de una instantánea -en cuanto a su composición, contrastes, definición y demás atributos-, y aún ver más allá, tratando de adivinar lo que yace en sus contenidos.
El El fúnebre cortejo de Wagner, exigiría los truenos solemnes del Tannhauser; para acompañar a su sepulcro a un dulce poetas bucólico, irían, como en los bajorrelieves, flautistas que hiciesen lamentarse a sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar -¡oh!, permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos modos, malignas sonrisas que padáis aparecer, ¡ya está muerto!-, para acompañar el entierro de José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus tímpanos, sus liras, sus sistros. ¡Sí, americanos, hay que decir quien fue aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas, que salen atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las riquezas existentes de América…Somos muy pobres…Tan pobres, que nuestros espíritus, no viniese alimento extranjero, se moriría de hambre. ¡Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quién murió allá en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres, era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes volúmenes de la colección de La Nación, tanto de su metal fino y piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejor tintas, caprichos y bizarrías.