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Archivos Mensuales: julio 2017

Manolito…

Por Pedro Hernández Soto

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Equipo de balompié de 1964. Se distinguen entre otros (de izquierda a derecha), de pie:  Manolito Bravos (con ropa de civil); Francisco Puello (tercero), Pablo Roque (cuarto), Pepe Sicilia (sétimo), Tony Vidal (en camiseta); y en cuclillas, en igual orden: Mario Pérez de Ordaz, (segundo), Fernando Bravo –Seriocha- (tercero), Miguel Pérez (sétimo). Foto cortesía de Roquito

Como a todos los de altura y fortaleza notables, le pasó igual: le chiqueábamos el nombre. Pero la camaradería sin límites era su característica mayor. Por eso fue de los protagónicos en la “tropa” de jóvenes becarios e integrantes del Grupo Independiente de Artillería  , mientras cursaba estudios allá, en la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas. Después, acá, en La Habana, donde los ex-becarios nos negamos a ignorarnos unos a otros, a olvidarnos de amigos y por eso nos abrigamos cada vez que podemos, era de los más ocupados por todos.

Provenía de una familia con cierta solvencia económica. Lo conocí en abril de 1961, cuando un reducido grupo de milicianos universitarios –profesores, estudiantes y trabajadores- nos organizábamos para custodiar los quintacolumnistas contrarrevolucionarios de la zona central del país, mientras se combatía la invasión mercenaria en las arenas de Playa Girón. Aún no era estudiante universitario, andaba por allí en busca de información sobre la aprobación para ingresar al Curso de Nivelación y al conocer la convocatoria no dudó, se incorporó a las fuerzas patrióticas y cumplió su deber.

Fue un buen alumno, aprobó con regularidad los cursos de Ingeniería Mecánica en aquel centro de educación superior muy exigente, refundado a la luz de los planteamientos dados por el comandante Ernesto Che Guevara, durante el discurso pronunciado el 28 de diciembre de 1959, en el Teatro Universitario. Durante varios años se desempeñó como secretario de deportes de la Federación Estudiantil Universitaria. Entonces delgado, pero ya alto y fuerte, se destacó en el equipo de balompié -no hubo quien le discutiera la estelaridad en la línea delantera- e integró la preselección al equipo Cuba a los Juegos Centroamericanos Jamaica 62: era de Zulueta, un municipio referente en ese juego. Formó parte de varias ediciones del conjunto de baloncesto de la Universidad y llegó a conformar el conjunto nacional.

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Publicado por en 29/07/2017 en Uncategorized

 

Cuba, la tierra firme

Cuento corto de Ilse Bulit

cervezasEl encuentro, casual. Horas después, en soledad, cada uno reflexionó sobre las pistas de aquel reconocimiento inmediato. Uno, en el hotel, tocando los collares. A ellos les agradeció la adivinación de aquel rostro. El otro, sumido en la soledad hogareña, al fisgonear el porqué del inmediato reconocimiento, lo atribuyó a que en la vejez, los recuerdos infantiles ocupan el primer lugar, antes del  reclamo por adivinar en dónde, en el mes anterior, se guardó la chequera.

Aquellos dos ancianos encontrados frente a frente en la acera demostraban que los veinte años de María Teresa -unidos a los veinte cantados por Gardel– reestructuran la configuración física. Eran dos obesos de calvas escondidas por gorras, solo diferenciados por los modelos de los lentes y las marcas de los zapatos.

Cierto titubeo partido de los dos, demoró el abrazo llegado al fin con tanta fuerza que las cuentas de los collares les apretaron el pecho y a ellas culparon lo acelerado del corazón, pues la cadena con la medalla de la Caridad del Cobre llevada por el otro, era de las de ayer, las de oro legítimo, finas en su espesor.

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Crónica de mis 70

fumador 2El amigo Dr. Jorge Orquín Lena, en su lugar de residencia actual, Alemania, por urgencias de la vida tuvo que renombrarse Emilio –más exactamente Don Emilio. En el marco de la confianza existente, me atrevo a complementarle: “De Germania”. Veamos aquí sus confesiones al llegar a tan importante edad.

Crónica de mis 70

Por Don Emilio Lena de Germania

En realidad, nunca tuve la idea de escribir acerca de este “memorable” acontecimiento, sin embargo, el correo de un contemporáneo amigo -quien recién celebrara su llegada a esta, antiguamente, “matusalena” edad- donde me relataba algunas de sus vivencias al respecto, me motivó a emborronar un par de cuartillas las cuales titulé, un poco eufemísticamente: Crónica de mis 70.

En Cuba los 70 años -al igual que los 60 o los 80- no tienen una significación especial, por el contrario, los 50 acaparan la atención de toda la familia. Con la indiscutible autosuficiencia que nos caracteriza celebramos la “media rueda” con toda la pompa posible, como evidencia indiscutible de que vamos a alcanzar, de todas-todas, la centuria de vida.

Sin embargo, por estos lares germanos o teutones como prefiera llamarle, a partir de los 50 todos los años “redondos o enteros” (o sea que terminen en cero), requieren una festividad especial. En mi opinión esto se debe fundamentalmente a dos razones:

En primer lugar, la presunción lógica de que ya estás cerca de disfrutar (o disfrutando) del retiro de tu vida laboral y esto lleva implícito el merecido descanso después de muchos años de trabajo y sacrificio, lo cual, en algunos casos, como en el mío propio, no se corresponde con la realidad.

En segundo lugar, es como si procuraran compensar en parte, con la ceremonia, los problemas que trae consigo el avance indetenible del almanaque, de los cuales son evidentes ejemplos:

afecciones prostáticas,

– incontinencia urinaria,

– diarreas cuando comes demasiado o a deshora,

– equivocaciones, más o menos frecuentes, cuando no puedes diferenciar, con la exactitud imprescindible, si una determinada inquietud estomacal se corresponde con una ligera brisa o un sunami,

– en medio de una conversación no recordar el nombre de alguien,

– surgimiento de las canas acompañado a veces con la pérdida del pelo,

– caída de los dientes,

– padecimiento frecuentes de reuma, artritis, dolores en la espalda, etc,

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Publicado por en 12/07/2017 en Amistad, Cuba, cultura, Familia, Salud, Sociedad

 

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FIDEL EN EL ESCAMBRAY (VI): ARTE DESDE Y PARA EL PUEBLO

Por Luis Machado Ordetx

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Fidel, detrás, un espectador histórico de La Vitrina, puesta pública durante una histórica visita al poblado ganadero de La Yaya, en las cercanías de Mataguá. (Foto Archivo de Vanguardia).

El arribo sorpresivo de un huésped nocturno demarcó una impronta estética, de acentuación particular. Ahora su propósito directo no eran las escuelas, los pueblos en construcción o los cambios en el rostro agropecuario del lomerío villareño. No obstante, todo asumía un vínculo determinado por las apreciaciones y tópicos de una dramaturgia incomparable para la época.

 

Allí los resortes de lo público y lo privado se rompieron. Las reiteradas estancias se prolongaron durante horas de valoración y debates. También de diálogos entusiastas y de compromisos intelectuales que llevó a los artistas a despojarse de la telaraña capitalina. Fue el torrente a la definitiva radicación en un territorio agreste, casi inexplorado apenas hacía un tiempo.

Constituyeron tres momentos determinantes, y no más. Todos convergieron en la trascendencia de un fenómeno de ruptura y continuidad del fundamento del espacio escénico, nutrido de tensiones económico-sociales particulares. Era la esencia de un muestrario teatral surgido con investigaciones propias de “cuanto ser viviente se moviera por las lomas”, como en cierta ocasión afirmó Sergio Corrieri, el baluarte de aquel equipo creativo.

Fidel, hombre de extrema sensibilidad, estaba nuevamente en las montañas. De cierta manera se veía atraído por el goce espiritual, y del diagnóstico de particularidades, de acentos reiterados y hasta antagónicos, de una realidad que se reconstruye desde el punto de vista artístico. Los baluartes descansaban en los repertorios temáticos. Todos, en principio, fueron estructurados por el Grupo Teatro Escambray, cuando a finales de 1968 desplegó rumbos itinerantes antes de asentarse de manera concluyente en La Macagua, punto geográfico de una mirada renovadora.

Con la casa a cuestas                  

Las visitas del Comandante en Jefe impregnaron perspectivas y compromisos con la hechura de un teatro con y desde el pueblo, el protagonista de aquellos sucesos históricos de la serranía. También dieron arraigo al colectivo. El actor y dramaturgo Sergio González González, incorporado a ese equipo de trabajo a partir de los meses iniciales de 1970, dejó una sucinta relatoría.

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