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Las enseñanzas de Arleen

07 May

Por Pedro Hernández Soto

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Foto Demetrio Villaescusa

El pasado viernes 5 me pareció reconocerla y cuando vi su perfil lo confirmé. Estaba sentado en una de las nuevas sillas de acero inoxidable que ocupan las salas de espera de nuestras instituciones de salud y ella hacía fila ante la taquilla donde se gestionan turnos y documentos en el Instituto de Cardiología, con más precisión, en el policlínico Asclepio, extensión del primero ubicada justo frente a esa institución orgullo de todos los cubanos.

A mi llamado giró con rapidez me reconoció y pronunció un ¡Pedro! con cariño desbordado. Apenas nos separaban dos pasos y por supuesto no pudieron impedir el abrazo y el mutuo beso, muestras de recíprocos afectos.

Pronto reparé en un dispositivo forrado en tela azul que ceñía su brazo izquierdo. Inquirí con rapidez: ¿Qué te pasa? ¿Qué es eso?, y me contestó sin dejar de sonreír: ¡Nada mis 58 años! ¡Es un aparato para medirme con determinada frecuencia la presión arterial! Regresó a la casilla tras decirme: ¡Espérame un momento!

En efecto, resuelto su trámite, volvió tras de prometerle a la empleada que atendía al impaciente público que promovería hacer una emisión de la Mesa Redonda sobre la atención cardiovascular en Cuba y cuando comenzaba a hablarme se dejó oír un agudo pitido, intermitente y molesto que provenía del brazalete de marras. Y me explicó sin dejar de sonreír: ¡Me avisa, ahora debo estar quieta, sin hacer nada, hasta que termine de registrar! ¡Debo parecerme a una de esas estatuas vivientes que el doctor Eusebio Leal instauró en La Habana Vieja!

Y mientras transcurrían aquellos segundos concluí con satisfacción que Arleen Rodríguez Derivet no había perdido sencillez y modestia a pesar de haber contado con la confianza de Fidel, disfrutar la de Raúl; de los grandes reconocimientos logrados en la profesión; codearse con grandes dirigentes políticos, filósofos e intelectuales del mundo; y ser imagen visible del más importante programa de opinión cubano.

Disparó rápido: “Pedro, te invito mañana a mi programa La luz de la memoria”. Me cogió sorprendido y a mis observaciones acerca de la poca importancia de lo sido, me ripostó resuelta con elogios que por supuesto no es ético repita aquí. Me sentí muy halagado amigo lector. Imagínese, este espacio es el continuador del inolvidable La luz en lo oscuro, de Radio Rebelde (retransmitido para el mundo por Radio Habana Cuba), iniciativa de punta de vanguardia que cada noche salió al aire en aquella batalla intensa, incansable y victoriosa –liderada por Fidel- por la libertad de nuestros Cinco Héroes. Y acepté.

Arleen me simpatizó bien temprano desde cuando era corresponsal de Juventud Rebelde en su natal Guantánamo. Después la trajeron a La Habana y fortaleció mi admiración por ser una joven capaz y decidida. Ascendió paso a paso, escalón a escalón en el periódico. Estableció un sistema de dirección ágil, valiente y participativa, y allí la dejé, al frente del órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas, cuando marché al ICRT.

Y ayer nos fuimos a los pasillos y estudios que transitó y ocupó con profesionalidad como conductora del programa Exclusivo de Rebelde (de lunes a viernes a las 7:00 p.m.) cuando fue separada de su cargo de directora de JR en momentos en que para mí ese diario era el mejor de todos. Son los mismos espacios testigos de su ascenso –al imponer su voluntad y competencia- hasta llegar a ser conductora estelar del insignia entre los informativos radiales de todos los tiempos: Haciendo Radio.

Después, ya jubilado, me incorporó a trabajar como editor del periódico mensual El Economista, fuente de profundos conocimientos en esa compleja ciencia y que me dejó además un recuerdo indeleble: como dirigir, organizar y realizar un periódico diario con una muy reducida (menos de una docena) pero escogida nómina de reporteros, humoristas, diseñador y webmaster. Recuerdo cuando cada año el órgano de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba, salía de modo consecutivo, durante una semana, con las conferencias, debates e incidencias de cada Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo.

La grabación del espacio fue una sesión muy agradable, aprendí como se conduce un programa de ese tipo. Durante poco más de una hora compartí con Arleen y también, por supuesto, con futuros radioyentes nuestras historias, reflexiones e incidencias. En dos ocasiones traté de hablar sobre cuanto había aprendido de Arleen –en ese proceso interminable de la vida misma- pero como buena “cazadora” no permitió “ser cazada”.

Solo me resta invitarle a que escuche La luz del recuerdo hoy domingo 7 de mayo por Radio Rebelde y después me podrá comentar. Si esta invitación le llega tarde perdón, no pude avisarle antes.

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