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Las enseñanzas de Arleen

Por Pedro Hernández Soto

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Foto Demetrio Villaescusa

El pasado viernes 5 me pareció reconocerla y cuando vi su perfil lo confirmé. Estaba sentado en una de las nuevas sillas de acero inoxidable que ocupan las salas de espera de nuestras instituciones de salud y ella hacía fila ante la taquilla donde se gestionan turnos y documentos en el Instituto de Cardiología, con más precisión, en el policlínico Asclepio, extensión del primero ubicada justo frente a esa institución orgullo de todos los cubanos.

A mi llamado giró con rapidez me reconoció y pronunció un ¡Pedro! con cariño desbordado. Apenas nos separaban dos pasos y por supuesto no pudieron impedir el abrazo y el mutuo beso, muestras de recíprocos afectos.

Pronto reparé en un dispositivo forrado en tela azul que ceñía su brazo izquierdo. Inquirí con rapidez: ¿Qué te pasa? ¿Qué es eso?, y me contestó sin dejar de sonreír: ¡Nada mis 58 años! ¡Es un aparato para medirme con determinada frecuencia la presión arterial! Regresó a la casilla tras decirme: ¡Espérame un momento!

En efecto, resuelto su trámite, volvió tras de prometerle a la empleada que atendía al impaciente público que promovería hacer una emisión de la Mesa Redonda sobre la atención cardiovascular en Cuba y cuando comenzaba a hablarme se dejó oír un agudo pitido, intermitente y molesto que provenía del brazalete de marras. Y me explicó sin dejar de sonreír: ¡Me avisa, ahora debo estar quieta, sin hacer nada, hasta que termine de registrar! ¡Debo parecerme a una de esas estatuas vivientes que el doctor Eusebio Leal instauró en La Habana Vieja!

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Un hombre con nombre

Cnel. Juan Valdés Oller

Cnel. (R) Juan Valdés Oller durante la visita al Centro de Investigación de Pastos y Forrajes de Las Tunas

Llegó al lobby de la Casa de la Prensa, en La Habana, faltando unos 15 minutos para las 6 de la mañana, hora de salida del ómnibus hacia Las Tunas para la celebración del acto nacional por el Día de la Prensa cubana . Hundido en el fondo de uno de esos butacones negros que allí acogen al visitante trataba de aliviarme de un ataque de la sacrolumbagia que, de modo intermitente, es mi acompañante desde hace casi 40 años.

Somnoliento, traté de reconocer su cara. El chaleco multibolsillos que vestía me confundió y aún no se porqué llegué estimarlo uno de los camarógrafos que conocí durante mi tránsito laboral por el ICRT.

Durante el viaje nos sentamos bastante separados. El conversó mucho con otros invitados al evento mientras yo prefería llenarme de detalles de los paisajes; el libro de ocasión reposó todo el tiempo en el asiento contiguo.

Al llegar a Sancti Spíritus, mientras esperábamos por el almuerzo, alguien me habló sobre aquel hombre ajeno a los medios y, además, consideró difícil su inserción plena –en tan corto tiempo disponible- al grupo de periodistas, algunos de ellos bautizados por mí, en el mejor de los sentidos, como “camajanes alegres”.

Al volver al ómnibus para continuar viaje, el hombre del chaleco multibolsillos, quejoso, me confesó: “Estoy muy dolido con la prensa, en el acto de premiación en La Habana, al reseñar la noticia ni mi nombre mencionaron, solo dijeron que era el esposo de Irma”.  Me remonté entonces 20 años atrás y reconocí a aquel oficial de las FAR, esposo de la compañera y amiga Irma Cáceres Pérez, Premio Nacional de Periodismo José Martí 2011 Por la obra de toda la vida, quien hoy cumple misión en Venezuela. Él de seguro asistía como invitado. Me dio gracia aquella contradicción, el estar quejoso de la prensa en una actividad de periodistas, esbocé una media sonrisa y comenzamos a hablar del marabú y aroma que en menor cantidad aún se ven nuestros campos.

El recibimiento en Las Tunas fue en la Casa de los Periodistas, presidido por la cordial Adalys Ray, presidenta del gremio en el territorio. Nos sentamos en el patio, preparado como un anfiteatro; estaba instalado un sistema de amplificación. Era claro, habría “palabras de bienvenida”. El ambiente era relajado, de intercambio, de chistes, saludos, bromas…

En eso, ante el asombro de todos -menos de la dirección de la delegación ganadora de la emulación nacional-, llegó nada más y nada menos que la primera secretaria del PCC en la provincia, Teresa Amarelles, miembro del Comité Central del PCC.

Ustedes lo podrán imaginar. Se interrumpieron las conversaciones, para mí aprecio todo se contrajo.

Empezó el acto con las presentaciones de rigor, a cargo de cada uno, individuales, personales. Todo iba demasiado serio a pesar de la sonrisa franca y jovial de la dirigente partidista.

Cuando le tocó el turno a nuestro protagonista se paró en firme, con esa imagen de seriedad que da, desbordando sensatez. Y dijo: “¿Cuál de los nombres quieren de mí? ¿Antes del premio o después del premio?”

Cada quien volteó al discursante un rostro de incertidumbre, de expectación y pensó: ¿Qué iría a decir aquél hombre casi desconocido en el grupo, mayor, de cabeza afeitada? ¿Se habría vuelto loco?

Y tras breve silencio, tan espeso que creo podía cortarse con una tijera, continuó con tono lastimero: “Porque antes del premio yo era el coronel retirado Juan Valdés Oller y después del Premio Nacional de Periodismo solo soy el esposo de Irma Cáceres”.

La carcajada fue de todo el auditorio, ensordecedora. Juan despejó el camino, pulverizó las tensiones, desapareció los nerviosismos, abrió paso a un intercambio más fluido y alegre, de encuentros y celebración.

A partir de entonces nuestro amigo se convirtió en uno más del grupo. Buen conversador y escuchador, afable y muy servicial, su impacto fue tal que el grupo, en el viaje de regreso, propuso que se le invitara al acto nacional de por el Día de la Prensa del venidero año. ¿Qué le parece?

 
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Publicado por en 23/04/2012 en Amistad, Cuba, cultura, Revolución, Sociedad

 

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