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Archivo de la etiqueta: Unión de Jóvenes Comunistas

Las enseñanzas de Arleen

Por Pedro Hernández Soto

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Foto Demetrio Villaescusa

El pasado viernes 5 me pareció reconocerla y cuando vi su perfil lo confirmé. Estaba sentado en una de las nuevas sillas de acero inoxidable que ocupan las salas de espera de nuestras instituciones de salud y ella hacía fila ante la taquilla donde se gestionan turnos y documentos en el Instituto de Cardiología, con más precisión, en el policlínico Asclepio, extensión del primero ubicada justo frente a esa institución orgullo de todos los cubanos.

A mi llamado giró con rapidez me reconoció y pronunció un ¡Pedro! con cariño desbordado. Apenas nos separaban dos pasos y por supuesto no pudieron impedir el abrazo y el mutuo beso, muestras de recíprocos afectos.

Pronto reparé en un dispositivo forrado en tela azul que ceñía su brazo izquierdo. Inquirí con rapidez: ¿Qué te pasa? ¿Qué es eso?, y me contestó sin dejar de sonreír: ¡Nada mis 58 años! ¡Es un aparato para medirme con determinada frecuencia la presión arterial! Regresó a la casilla tras decirme: ¡Espérame un momento!

En efecto, resuelto su trámite, volvió tras de prometerle a la empleada que atendía al impaciente público que promovería hacer una emisión de la Mesa Redonda sobre la atención cardiovascular en Cuba y cuando comenzaba a hablarme se dejó oír un agudo pitido, intermitente y molesto que provenía del brazalete de marras. Y me explicó sin dejar de sonreír: ¡Me avisa, ahora debo estar quieta, sin hacer nada, hasta que termine de registrar! ¡Debo parecerme a una de esas estatuas vivientes que el doctor Eusebio Leal instauró en La Habana Vieja!

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Arufe: Cuando un amigo se nos va

Por Pedro Hernández Soto

Arufe y su nieto Martin

Arufe con su nieto Martín al iniciar el curso escolar 2013-2014. Lea el trabajo Sentimientos en un amanecer de algarabías y amores

Los hijos varones, Silvio y Alberto, me lo habían advertido. Con la hembra, IIraya, hacía rato no coincidía.

-“El viejo está muy mal, ya casi no se levanta”, me dijo el primero en el más reciente encuentro que tuvimos.

¿Pero todavía lee?, pregunté, pensando en llevarle algún buen libro recién publicado a aquel insaciable lector.

-“No, tampoco lee” me contestó.

Me falta valor para ir a verlo, le afirmé, para que conociera la causa de la interrupción de aquellas acostumbradas tertulias semanales –al compás del Noticiero Nacional de Televisión- donde conversábamos sobre asuntos internacionales, nacionales, bien fueran de economía, geopolítica, militares o de inteligencia, o hasta también de las complejidades comunales y familiares.

El lunes 7 terminaba de alistarme para asistir a la graduación universitaria de mi nieta cuando Alberto me avisó por teléfono. Sus palabras fueron concisas, recias más que fuertes, como son los caracteres de los tres retoños de esa familia que supieron crear Alberto Rodríguez Arufe y la también recién desaparecida Hiraida Rodríguez Mondeja : “Pedro, el viejo acaba de morir. Te aviso de los primeros porque fuiste de sus mejores amigos”.

-“No hemos decidido aún lo que haremos”, fue la mentira piadosa con que me respondió a una pregunta de rigor.

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