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Cuba, la tierra firme

Cuento corto de Ilse Bulit

cervezasEl encuentro, casual. Horas después, en soledad, cada uno reflexionó sobre las pistas de aquel reconocimiento inmediato. Uno, en el hotel, tocando los collares. A ellos les agradeció la adivinación de aquel rostro. El otro, sumido en la soledad hogareña, al fisgonear el porqué del inmediato reconocimiento, lo atribuyó a que en la vejez, los recuerdos infantiles ocupan el primer lugar, antes del  reclamo por adivinar en dónde, en el mes anterior, se guardó la chequera.

Aquellos dos ancianos encontrados frente a frente en la acera demostraban que los veinte años de María Teresa -unidos a los veinte cantados por Gardel– reestructuran la configuración física. Eran dos obesos de calvas escondidas por gorras, solo diferenciados por los modelos de los lentes y las marcas de los zapatos.

Cierto titubeo partido de los dos, demoró el abrazo llegado al fin con tanta fuerza que las cuentas de los collares les apretaron el pecho y a ellas culparon lo acelerado del corazón, pues la cadena con la medalla de la Caridad del Cobre llevada por el otro, era de las de ayer, las de oro legítimo, finas en su espesor.

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Un tambor a Ochún

Tenemos una familia cubana amiga integrada por un matrimonio, dos hijos y las dos abuelas. Padre y madre son dependientes gastronómicos, el hijo trabaja como cocinero y la muchacha es estudiante universitaria.

La amistad interfamiliar es fruto de la coincidencia del joven y mi nieto en los entrenamientos de béisbol, desde hace ya cerca de 12 años. A partir de la edad de nueve y hasta los 15 derramaron sudor en las prácticas, formaron parte de las nóminas de los equipos del municipio y la provincia, es decir, vencieron y perdieron, defendieron los mismos colores y banderas.

Se ayudaban, compartían lo que tenían, visitaban mutuamente, discutían, y hasta pernoctaban en una y otra casa, indistintamente. Las familias los acompañábamos a los encuentros en municipios de la Capital y también en otras provincias. Vivimos intensas emociones, momentos felices y otros amargos, pasamos trabajo y también gastamos bastante dinero en todo eso. A pesar del tiempo transcurrido y verse poco, se llevan muy bien, siempre uno se preocupa por el otro; mantienen un fuerte y bello aprecio.

Ahora por una razón especial se produjo la llamada telefónica. El padre se había hecho Obbatalá el pasado año, ahora le correspondía hacerse Iffá (intermediario entre los dioses y los hombres, y los hombres y sus antepasados), festejar con un tambor para que le entregaran el cuarto del santo y nos hacían llegar la invitación de familia a familia.

Por eso sus más recientes semanas fueron de mucha ocupación, además, la señora tenía la promesa de ir al santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre y allá se dirigieron con fe y disciplina.

La Regla de Ocha tiene algunos rasgos terrenales, no es nada rígida. Así, él debía dar ese “tambor” a Yemayá, santo de su iyalocha o madrina, pero como le debe mucho a Ochún (a la vez santo de su señora) solicitó dedicar la festividad a esta última deidad y fue autorizado.

Llegué allí acompañado por mi nieto y unos jóvenes peloteros, sobre las siete de la noche.  Una cuadra antes se podía oír las plegarias de las voces concertadas en un gran coro litúrgico, sustentados en el enardecido y acorde sonar de los tambores. Nos fue difícil abrir la  puerta para entrar a aquella sala atestada de más devotos que invitados respetuosos; allí bailaban y/o cantaban. Predominaban iyawós o creyentes en vías de asentamiento o consagración a un orisha. Cuatro olubatá o tocadores, percutían tambores sagrados; uno de ellos hacía de akpuon o cantante solista. Por supuesto todos con santo hecho.

La mayoría de los presentes éramos mulatos o negros. En cuanto a los géneros predominaban las mujeres. El ambiente era familiar, de fiesta. No aprecié exceso de bebidas alcohólicas. No hubo discusiones. Predominó el orden, las buenas maneras y la cortesía.

Llegamos algo tarde. Según me contaron ya nuestro amigo había salido a la sala a saludar a los presentes y bailar en su festejo, vestido con inmaculado traje blanco, desbordando elegancia. Cumplida esta obligatoria acción se recluyó de nuevo.

Música, coros y baile no se detenían aunque la celebración estaba cercana a su fin. Ante un cántico saludo a Elegguá, un joven consagrado como tal, fue “montado” y comenzó a bailar acompañándose de gritos y palabras ininteligibles. Vino rápida la ayuda de dos babalochas, una de ellas la iyalocha de amigo, pero ellas fueron tomadas por Oyá. Los olubatá continuaron trabajando sin descanso hasta que todo se tranquilizó y solo entonces terminaron.

Yo estaba sentado en una segunda habitación, en una esquinita de un amplio y acolchonado sofá, compartiéndolo con un grupo de señoras de la tercera edad. Ellas también coreaban los cantos a los orischas.

De pronto descubrí frente a mí, en la semipenumbra, un espacio que percibí mágico. Fui develando lentamente misteriosos objetos de veneración. Me envolvió entonces un respeto silencioso frente a toda una mitología de fervores y favores, historias y presentes, humanidades y horrores.

Era un rico muestrario ritual. Se reunían allí, con estricto orden, entre otras cosas, más de una decena de cazuelas que fui detallando una por una. Más esbeltas o barrigonas; más adornadas y vistosas. Las había de madera, de barro y también de aluminio. Pintadas o sencillamente lisas. Enrollados en los pomos de sus tapas reposaban collares de diversos colores, composiciones y longitudes, muy artísticos muchos de ellos, y en los entornos, objetos tan disímiles como estatuillas y postales de santos de la religión católica; espadas de madera y otros materiales con grabados; bastones y cruces también de madera, finamente tallados; cuadros de buena factura realizados al óleo y otros mil objetos.

Terminó el toque y también mi encanto. Salió entonces mi amigo, contento, feliz, ya vestido con ropa de calle. Hacía tiempo que no hablábamos. Lo noté sencillo, relajado, fraternal como siempre. Comimos a la vez, conversando, el buffet que esperaba por los presentes. Había terminado bien este momento en su religión donde ya transitó por hacerse santo con un aislamiento durante una semana completa, el día del Médium con la fiesta correspondiente, el día del Itá recibiendo la palabra de los santos a través de los caracoles, y el mandato de lo que puede hacer y lo que tiene prohibido.

Más información en:

Asociación Cultural Yoruba de Cuba

 
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Publicado por en 09/02/2012 en Cuba, cultura, Sociedad

 

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