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Cuba, la tierra firme

24 Jul

Cuento corto de Ilse Bulit

cervezasEl encuentro, casual. Horas después, en soledad, cada uno reflexionó sobre las pistas de aquel reconocimiento inmediato. Uno, en el hotel, tocando los collares. A ellos les agradeció la adivinación de aquel rostro. El otro, sumido en la soledad hogareña, al fisgonear el porqué del inmediato reconocimiento, lo atribuyó a que en la vejez, los recuerdos infantiles ocupan el primer lugar, antes del  reclamo por adivinar en dónde, en el mes anterior, se guardó la chequera.

Aquellos dos ancianos encontrados frente a frente en la acera demostraban que los veinte años de María Teresa -unidos a los veinte cantados por Gardel– reestructuran la configuración física. Eran dos obesos de calvas escondidas por gorras, solo diferenciados por los modelos de los lentes y las marcas de los zapatos.

Cierto titubeo partido de los dos, demoró el abrazo llegado al fin con tanta fuerza que las cuentas de los collares les apretaron el pecho y a ellas culparon lo acelerado del corazón, pues la cadena con la medalla de la Caridad del Cobre llevada por el otro, era de las de ayer, las de oro legítimo, finas en su espesor.

Ante las miradas curiosas de los transeúntes, dispuestos a la solidaridad como al entremetimiento en las vidas ajenas, decidieron entrar por invitación mutua, en un bar climatizado.

Más que las marcas de las cervezas, las exigieron envasadas en botellas y abiertas frente a ellos. Mientras los complacía, el joven barman imaginaba que los dos viejos zorros se prevenían de los productos falsificados.

Lejos estaba de la verdad. En un planeamiento mental individual, evocaban aquellas primeras cervezas bebidas a escondidas en sus años adolescentes. En un gesto espontáneo, acariciaron la humedad del cristal y rieron a compás.

El barman que por gastar el tiempo de su turno atisbaba en las conductas ajenas, al advertir la delicadeza de los movimientos del blanco de los collares y, aunque el negro no ofrecía a la vista ningún síntoma delator, con ese placer criollo de etiquetar al prójimo, los incluyó en el grupo de los gays envejecidos.

Ellos, en olvido de prescripciones facultativas idénticas aunque separadas por el estrecho de la Florida, pidieron otra y otra cerveza. Los antiguos compañeros del bachillerato desfilaban por la barra, hicieron coros con Elvis Presley y después, soltaron la melancolía al recordar a las madres y abuelas fallecidas.

Inevitablemente la obligación los llevó a descubrir las familias actuales. El de la cadenita de la Caridad en gesto natural, acarició la imagen de la virgen, mientras decía que sus hijos y nietos andaban por allá arriba en la zona más fría y que parloteaban perfectamente el francés. El otro dijo, bajando la voz, que no se había casado, que vivía con un amigo y que estaba en busca de una casa porque ambos querían repatriarse.

Él le sonrió y dijo que era una excelente idea porque la tierra firme cubana llamaba, así le decían sus hijos. Y  recordó las palabras de aquel padre y tuvo que darle la razón cuando molesto le advertía que no andara con este porque estaba “rarito”. Pero “este”, era su amigo… y lo seguiría siendo.

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