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Nixon, La Habana y Castro

08 Dic

Por Alfredo Prieto

01-nixon-y-fidelLa biografía de Richard Nixon tiene, como la de muchos políticos norteamericanos de la época, sus nexos con La Habana. El aniversario del magnicidio de Dallas, “cuando los Estados Unidos
cambiaron para siempre y perdimos la inocencia”, puso de nuevo sobre
el tapete la participación en aquellos sucesos de actores tan disímiles como la mafia y la CIA, antes imbricados en los intentos de asesinar a Fidel Castro, entre otras cosas un pase de cuentas por todo que se había perdido después del triunfo.

Nixon, en efecto, viajó varias veces a la capital cubana, primero como senador y después como vicepresidente. La primera fue en 1940, junto a su esposa Pat Ryan (1912-1993) en una embarcación de la United Fruit Company procedente de Puerto Rico. Todo un símbolo. A partir de ese momento, según Henry Kissinger, “Nixon se fascinó con la mística cubana”. Mística que, ciertamente, no incluía mucho interés por la cultura local, ni por la música, ni si siquiera por la rumba o por su gente –tampoco por las mujeres, se asegura–, sino por otras cosas como el alcohol y los casinos.

Fascinación, sí, por el Casino del Nacional y el del Sans Souci, donde se le veía mirar con cierto desespero hacia la ruleta o hacia el tapete de las cartas. Nada extraordinario si no fuera porque, en su caso, ambas aficiones supusieron contactos y relaciones con la mafia, que en los años 50 había tomado el control de la ciudad a partir de las prebendas y privilegios que le había otorgado Batista con la Ley de Hoteles 2074. Las Vegas del Caribe antes de que aquella fuera lo que llegó a ser. “De no mediar el maldito Castro”, sentenció un alma resentida, “el Caesars Palace hubiera sido construido en La Habana”.
Allí se originó su relación con uno de los socios de su vida, de esos pocos que el Servicio Secreto dejaba entrar libremente a la Casa Blanca: Charles Gregory “Bebé” Rebozo (1912-1998) –Tío Bebe para la familia–, un cubano-americano de Tampa hijo de tabaqueros que llegó bien lejos gracias a la especulación en bienes raíces y a sus
contactos con el bajo mundo. “La relación entre Nixon y Rebozo empezó en Cuba”, declaró una vez frente a un Gran Jurado el ex funcionario del IRS Norman Casper. Y también con Meyer Lansky, uno de los contribuyentes a su campaña senatorial mediante la figura de Mickey Cohen, lugarteniente del “pequeño gran hombre” en la costa oeste. La pregunta de por qué Lansky lo ubicó gratuitamente en la suite
presidencial del Hotel Nacional, su cuartel general durante buena parte de una de sus estancias cubanas, es a todas luces retórica.

A fines de 1952 Nixon fue a Cuba de nuevo. Su nombre se vería involucrado un incidente sucio: el razzle-dazle en el casino del Sans Souci, un juego de dados donde los apostadores nunca ganaban y resultaban literalmente aporreados por la casa. Uno de ellos, el abogado californiano Dana C. Smith, perdió una noche más de 4 000 dólares. El letrado –casualmente asesor político y fundraiser de Nixon–, presumió estafa, litigó desde los Estados Unidos y ganó el pleito contra Norman “Roughhouse” Rothman (1914-1985), un connotado miembro de la cosa nostra al frente del casino, no sin que antes Nixon se involucrara en el problema escribiéndole al Departamento de Estado
una nota para que este intercediera a favor del abogado. Hubo llamadas telefónicas a la Embajada norteamericana, mensajes que pasaron a la Comisión de Turismo hasta llegar al despacho del propio Batista, de donde salió la orden de acabar con el razzle y sus trapisondistas, entre ellos trece norteamericanos finalmente extraditados después que
los muchachos del ejército entraron en escena.

La investigación más reciente ha arrojado otra luz sobre ese hecho volviendo al reportaje original del St. Louis Post Dispacth, uno de los periódicos que socializaron en los Estados Unidos la existencia de prácticas desleales en los casinos habaneros. Según nuevas revelaciones y testimonios, Nixon estaba esa noche en el Sans Souci, junto a Smith y Rebozo, quien solía cubrir amplia y generosamente sus deudas –y no eran de poca monta, muchas veces de tres ceros. La ironía es que con esa movida el futuro presidente de los Estados Unidos contribuiría, indirectamente, a apuntalar el papel de la mafia en Cuba. El hombre seleccionado por Fulgencio para “adecentar” los
casinos fue el propio Meyer Lansky, un viejo asociado suyo que desde temprano “no podía sacarse a esa pequeña isla de la cabeza”. Nixon, definitivamente, no era muy afortunado en causas y azares –y a pesar de ello, tuvo la osadía de meterse en el juego sucio de Watergate, que perdería irremisiblemente.

En febrero de 1955 volvió a La Habana, esta vez vestido con la armadura del guerrero frío, para congratular a Batista, alabar la estabilidad de su régimen y sus empatías por “el modo de vida americano”. Pero quizás fue un poco más lejos al recibir una
condecoración de sus mismas manos. Bien mirado, tampoco nada fuera de lo común: era nuestro hombre en La Habana, sin dudas una de las dimensiones más erráticas y fatídicas de la política norteamericana.

Medalla en pecho, Nixon dijo lo siguiente de Cuba: “Una tierra que comparte con nosotros los mismos ideales de paz, libertad y dignidad de los hombres”. Y comparó a Batista con Abraham Lincoln, algo que debió haberse escuchado de una manera peculiar en los oídos de los jóvenes que dos años antes habían asaltado los cuarteles de Santiago y Bayamo, por entonces recluidos en el Presidio Modelo de Isla de Pinos.

El resto también es historia. Contra todo pronóstico, uno de aquellos muchachos inexpertos había entrado en La Habana un 8 de enero de 1959 después de derrotar a un ejército bien entrenado y asesorado y avituallado por los vecinos de enfrente. Y al mando de una fuerza rebelde de unos tres mil efectivos. En marzo de 1959, cuando Fidel
Castro visitó los Estados Unidos respondiendo a una invitación de la Asociación Americana de Editores de Periódicos, Eisenhower le dio a su vicepresidente la tarea de recibir a ese Robin Hood o Garibaldi cubano –como a menudo le llamaban en la prensa antes de que le viraran los cañones por los fusilamientos a los criminales de guerra–mientras él se iba a jugar golf a Carolina del Norte.

El encuentro estaba llamado a durar veinte minutos, pero se extendió por dos horas. El hombre de los casinos y los rones habaneros escribiría poco después: “Hablé con él como un tío holandés”, expresión que denota reprimenda y superioridad. Un tío holandés siempre se escucha y se respeta. Y es alguien que habla con el índice
en el aire. Había que poner al barbudo “en la dirección correcta”. Un constructo vigente en la cultura norteamericana desde fines del siglo xix, según el cual los cubanos carecen de capacidad para autogobernarse. Como niños a los que hay que enseñarles todo. Y este de ahora, en particular, era “increíblemente ingenuo respecto a la amenaza comunista”, a diferencia del madrugador que lo había condecorado en La Habana cuatro años atrás.

Pero Nixon no era ningún tonto: “Cualquier cosa que pensemos sobre él, va a ser un gran factor en el desarrollo de Cuba y muy posiblemente en los asuntos latinoamericanos en general”. Y también escribió: “De un hecho sí podemos estar seguros: tiene todas esas cualidades indefinibles que lo hacen un líder de hombres”.

La suerte estaba echada.

Días después, mandó a guillotinarlo.

(Tomado de 7dias.com.co)

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