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Mi primer “cumple” sin cataratas oculares

22 Sep

Por Pedro Hernández Soto

laureen-y-pedro-18-09-2016

Con mi nieta Lauren Lidia a la salida del Instituto Cubano de Oftalmología

Recibí una fuerte impresión cuando abrí la puerta de cristal para acceder al salón de espera de las salas quirúrgicas y de consultas, del Centro de Microcirugía Ocular perteneciente al Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer. Desde fuera, por la luminosidad del sol, no había reparado en la gran cantidad de personas que allí se encontraban. Los asientos no alcanzaban para pacientes y acompañantes: recibían gotas dilatadoras de sus pupilas los primeros y conversaban los segundos. Era el viernes 18 de septiembre del pasado año.

Lo cierto es que el infarto agudo de miocardio sufrido a principios de diciembre de 2014 me atrasó la operación prevista para fines de aquel mes o principios de enero inmediato. Tuve que recuperar los niveles de hemoglobina y para ello recibir tres inyecciones de Eritropoyetina Humana Recombinante en un tratamiento que duró treinta semanas.

Ya recuperado me dirigí a El Pando, El Pando Ferrer o La Ceguera como vulgarmente le llaman los cubanos. Ramón Pando Ferrer fue un joven viajante de Medicina, estudiante de la Universidad Central de Las Villas, capturado, torturado y asesinado por las fuerzas de la tiranía batistiana en las estribaciones de las montañas del Escambray cuando cumplía una misión guerrillera; sus restos aún no han sido encontrados. La Liga contra la Ceguera fue una institución sostenida por recaudación popular, transformada en el Hospital Oftalmológico Docente Ramón Pando Ferrer, pasando al presupuesto estatal -tras el triunfo revolucionario- decisión del Comandante Fidel Castro; para elevarse con posterioridad al rango de Instituto Cubano de Oftalmología. El Centro de Microcirugía Ocular fue fundado 29 de abril de 1988 y ambos gozan de gran prestigio nacional e internacional

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Raúl Hernández Silva, Doctor en Ciencias Médicas, Especialista de 2do Grado en Oftalmología, Profesor Titular e Investigador Titular

Pues bien, ante todo me reconoció la doctora Mayra Mier Armas, especialista en Retina, quien al detectar una catarata total en el ojo derecho (no veía nada con él) y otra avanzada en el izquierdo me remitió al doctor Raúl Hernández Silva, jefe del equipo de servicio de Cirugía del Cristalino que me atendería. A partir de entonces hube de recorrer un inexplorado camino de pruebas y estudios.

Aquel día del noveno mes del año tenía todo lo requerido para mi operación: exámenes previos requeridos para fijar la fecha, un hemograma con valores de hemoglobina aceptables, un electrocardiograma y una autorización por escrito de mi cardiólogo. Antes había pasado por todas las pruebas y estudios normados por el Protocolo en práctica y durante la semana anterior mi ojo derecho recibió -con puntualidad total- el antibiótico indicado. Al chocar con aquella  humanidad extrovertida me volteé tenso hacia mi nieta Laureen Lidia y le comenté: “De aquí no salimos más nunca”.

En cuanto tuve oportunidad me senté en una cómoda butaca para someterme a la administración de las gotas dilatadoras y sufrir un aire acondicionado demasiado fuerte para mi gusto. No obstante con rapidez fui llamado, hice mi fila, presente mis documentos, me midieron la presión arterial y me mandaron a esperar de nuevo. Veía entonces como los pacientes eran llamadas con celeridad en grandes grupos para subir a la sala de operaciones y por tanto su cantidad disminuía visiblemente en la habitación mientras unos solícitos enfermeros me suministraban gotas en el ojo a operarme.

De pronto me convocaron, dejé en manos de Lauren y su padre –mi hijo Pedrito- todos los objetos que llevaba, nos separaron, tomé un elevador y llegué a una sala donde cambié mi ropa por otra estéril, me lavé la cara con agua y jabón, secándome con una toalla igualmente suministrada.

La espera no fue muy larga en esta otra sala mientras continuaba el suministro de gotas dilatadoras de la pupila. Se estableció entre los pacientes el diálogo profuso que nos caracteriza a los cubanos: nos enteramos de la vida y milagros de los allí presentes y por supuesto también informamos de nuestra existencia, familia y pareceres de los más diversos temas.

“Pedro Alejandro, acompáñenme” de pronto dijo una enmascarada de verde que salió del salón de operaciones. Lo hice y accedí a un espacio con cerca de una decena de camillas donde eran intervenidos otros tantos convocados. El aire acondicionado aún era más fuerte. Tras acostarme en la camilla correspondiente, me taparon la cara dejando al descubierto tan solo el ojo que iba a ser operado. Reconocí la voz del propio doctor Raúl Hernández diciéndome de modo muy coloquial: “Relájese pues todo va a salir bien”.

No fue tan fácil como pensó pues la catarata, por envejecida, estaba muy dura y pasó mucho trabajo para extraerla mientras, junto a su auxiliar, no dejaba de infundirme confianza. Su empeño fue tanto que casi al terminar me dijo: “Te la voy regalar como recuerdo”. Y al sentarme en la camilla para incorporarme, ya con el ojo tapado, me la entregó en una pequeña cajita de plástico.

Vino en otra habitación el cambio de ropa, el descenso en el elevador y allí me esperaban Pedrito y Lauren para el regreso a casa.

Seguí las indicaciones, me quité el vendaje a las dos horas y comencé a seguir el método recetado. Al otro día, sábado, a las siete de la mañana, estaba de nuevo en el hospital para ser atendido por el galeno. Vio muy inflamado aún el lugar de operación, me explicó la causa como debida a la larga manipulación y suministró una inyección en el lagrimal correspondiente.

De ahí en adelante todo marchó sobre ruedas con la ayuda de mi esposa Genys, hijos, nietos el resto de la familia. Lo cierto es que su auxilio ha sido siempre inmejorable y en mucho han influido en la recuperación de todas mis enfermedades y sus manifestaciones.

La historia no termina ahí. A los ¡diez y siete días!, en una consulta de seguimiento me anunciaron la fecha para la segunda intervención, esta vez en el ojo izquierdo. Se efectuó con la misma “liturgia” y desde entonces veo bien con ambos, como desde hace mucho tiempo no lo hacía, gracias al Dr. Raúl Hernández Silva, su equipo, el Centro de Microcirugía Ocular y el Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer. Y les confieso: No me dolió nada y los gastos en gotas oftalmológicas fueron mínimos.

Entonces, ¿dígame si merece o no celebración el primer aniversario de la erradicación de mis caratas oculares?

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8 comentarios

Publicado por en 22/09/2016 en Ciencias, Cuba, Familia, Revolución, Salud, Sociedad

 

Etiquetas:

8 Respuestas a “Mi primer “cumple” sin cataratas oculares

  1. Lauren Hernandez

    22/09/2016 at 12:50 PM

    bueno… la verdad fue toda una experiencia jeje!!! como todo en la vida de mi abuelo!!! se podría hacer un libro!!!

     
    • hdezsoto

      25/09/2016 at 1:27 PM

      Ja, Ja, Ja… No aprietes tanto mi querida nieta

       
  2. fisanblog

    23/09/2016 at 12:59 AM

    Hola Pedro. Siempre que leo uno de tus aportes literarios, me gustan mucho porque siempre nos lleva al tema social, histórico y mucho más. MI PRIMER “CUMPLE” SIN CATARATAS OCULARES. Admiro el esfuerzo de la Revolución Cubana y el Papel magistral de las Ciencias Médicas Cubanas. Un saludo a la doctora Mayra Mier Armas y al doctor Raúl Hernández Silva.
    Leo muy poco debido a mis cataratas y mis años. Te envío adjunto un relato que escribí recordando los años de mi infancia.

    LA VIRGILIA

    La Virgilia fue aquella viejita que le llamábamos la Gila. Además de vieja, era medio ciega y su condición social miserable, la hundía en la más profunda fealdad. Hasta los más pobres, la veíamos como la comparación social y física más baja, más despectiva. “¡El que se quede es hijo de la Gila!” – Y salíamos corriendo como venados, porque nadie quería aceptar el calificativo. Yo era gordito y chaparro y no corría tan veloz, más de alguna vez, le pegué a Pedro mi hermano, porque me ganaba en las carreras.

    La Virgilia era la mujer de Juan Chacuate, aunque Chacuate tenía un nombre y apellido muy elegante. Juan Cortés. Pero nadie le llamaba ni siquiera por su nombre. Él era simplemente Chacuate. Su cara era delgada y tenía una mandíbula bastante larga y casi puntiaguda. De ahí la comparación con los chacuates. Pero había algo muy cierto, era un hombrecito que a nadie ofendía, ni siquiera con una mala mirada. Su condición física, en estatura no difería con la de muchas personas. Era chaparrito, pero delgado, enjuto y con el peso de los años. Muchos de los vecinos de igual estatura, pero tripudos. Económicamente no sobresalía, pero a nadie le debía un solo centavo. Pero había otros vecinos muy pobres, que se burlaban de él. El calificativo era simplemente humorístico, picaresco. Chacuate y la Chacuata eran matrimonio sin casamiento legal o religioso, pero de los más legítimos por su unidad y comprensión en los asuntos que tenían que ver en la interioridad del hogar. Unidos en el amor, unidos hacia los hijos, no importando la condición económica, ni social.
    Se enojaba que le llamaran Chacuate. Nadie, frente a frente, le llamaba por el apodo. Algunos de manera hipócrita, hasta lo saludaban cuando lo encontraban en la calle.
    -Adiós, Don Juan. – Con un saludo hipócrita, medio sonriente, con picardía.
    -Adiós, Señor. – Respondía con sincera humildad el hombrecito. Pero cuando aquel se había alejado un poco, la cosa cambiaba.
    -¡Adiós, Chacuate!
    -¡Coma mierda, hijueputa! – Se escuchaba el sonido del machete contra las rocas, contra los árboles y bailoteándolo sobre su cabeza, pero con aquello moría la cosa.
    La Virgilia tenía los ojos casi blancos, muy grandes y los mantenía muy abiertos, como queriendo mirar más allá de su nariz, por la falta de una visión aceptable. Prácticamente estaba ciega, cubiertos sus ojos por una mancha blanca como la cal derretida. Con el correr de los años se le habían caído pedazo a pedazo las pelotitas negras de sus ojos, solamente le quedaban unas diminutas partículas negras, unas venas enrojecidas y dos nubes blancas y aunque estuviera mirando para otro lado, uno sentía sus ojos con una mirada horrible que causaba miedo porque nunca se cerraban. Eran dos nubes blancas como mirando las negruras del mundo y de su destino.
    La Virgilia me causaba un miedo espantoso cuando dirigía sus ojos hacia mí. No sólo le bastaba saludarme, sino que le agradaba hablar conmigo y con toda persona que encontraba por el camino. A pesar de su pobreza, de su discapacidad visual, tenía un acento en su voz de profunda dulzura y humildad. Nunca salía de su rancho y cuando lo hacía, era para ir al río a lavar la ropa socia, lavar su cuerpo endurecido por los años, lavar sus ojos, lavar sus pies descalzos y llevar el agua limpia en su cántaro de arcilla. Cuando dirigía su mirada hacia mí, parecía que dos pedazos de cielo estaban mirándome. Ella siempre tenía abiertos sus ojos y cuando hablaba con alguien, abría más y más sus ojos, movía la cabeza y sus manos como un auxilio a su escasa mirada, como buscando en las tinieblas, se abriese más su entendimiento.
    Yo no sabía contar, pero sabía cuanto eran tres. No sabía cuanto eran seis, solo sabía que tenía tres y tres años, es decir, dos veces tres. Sentía mucho miedo por la Virgilia. Yo no comprendía, no podía entender que detrás de aquellos ojos había una alma muy bondadosa llena de humildad. Rebosante de Dios. Pero a mí me causaba miedo y siempre que la encontraba en el camino del río, yo quería evadir su mirada, pero sus ojos blancos parpadeaban como mariposas, cuando platicaba con mi madre… Yo, desde luego, queriendo esconderme.

     
    • hdezsoto

      25/09/2016 at 1:27 PM

      Cuanta humanidad trasunta tu crónica y cuanta injusticia social…

       
  3. juan leon

    26/09/2016 at 5:53 PM

    Me alegra , Pedro, verle cuidandose y manteniendose entero y dispuesto a nuevas luchas, ahora con la herramienta, que manejas con mas facilidad, tu pluma elocuente

     
    • hdezsoto

      27/09/2016 at 12:14 PM

      Gracias Juanito, siempre tan cortés. Hace pocos días preguntaba por tí pues d enuevo te habías perdido del radar martabreuiano

       
  4. Arturo Edmundo Lopez Calleja Hiort Lorenzen

    30/09/2016 at 10:00 PM

    Saludos Pedro, me alegra mucho que tu salud este mejorando, interesantes tus relatos, saludos grandes y cariñosos a todos en tu familia. Por acá yo estoy bastante bien y como tu luchando por mantenerme. Hace mas de 12 años tengo dolencias del corazon pero me las tratan muy bien, la medicina aqui en España es estelar y la atención exquisita y desde luego es gratis, Excepto los dientes), el nivel de los hospitales es fantastico. Como parte de mi tratamiento me instalaron un DAI en el pecho, (Desfibrilador Automatico Interno) que me regula las posibles arritmias y posibles paros, y está telematicamente conectado a un ordenador del Hospital que me toca que es recio hospital. Todo muy organizado y hasta ahora de muy buena calidad. Mis hijos luchando, están bien, tengo 9 nietosy mi esposa(una buena mujer) con la que llevo 20 años tambien bien. Como , pasa el tiempo ya hace 22 y medio años del fallecimiento de Gilda, Aunque no te conteste siempre leo tus trobas que son interesantes, esperamos todos que las cosas en la Patria mejoren y se transformen como dijo el Jefe, Cambiar lo que debe ser cambiado para el bienestar de todo nuestro pueblo y sobre todo evitar las diferencias malignas entre grupos elites de la sociedad y el resto del pueblo. Otro abrazo de Arturo.

     
    • hdezsoto

      03/10/2016 at 12:02 PM

      Gracias por tu mensaje Arturo. Me alegro mucho estés bien, disfrutando de buena salud, amplia familia y solvencia económica. Hemos compartido momentos de alegría, logros, sacrificos y dolores; en la UCLV nuestros hijos corretearon juntos en sus pasillos y jardines, y hasta en las aulas y laboratorios; y Arturito y Ernesto desarrollaron una muy fuerte amistad, como la nuestra. Gilda y tú me abrigaron cuando estaba albergado en La Habana esperando una casa para traer a mi familia, tu hogar era mi lugar de relajación, de cariño y afecto. Son cosas inolvidables. Entonces nos mantenemos en contacto. Un abrazo.

       

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