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Sumandos letales: Violencia, Armas y Discriminación

19 Jul

Por Pedro Hernández Soto

Foto tomada de CINEREVERSO

Foto tomada de CINEREVERSO

La humanidad toda está conmovida por los hechos de sangre frecuentes en los Estados Unidos de Norteamérica. En lo que va de año la cifra de muertes por asesinato sobrepasa las 500, solo superada por los caídos en la guerra entre (o contra) narcotraficantes en México y diez veces mayor que las acumuladas por las guarimbas” en Venezuela hace un par de años  .

Nuestro vecino del Norte ha sido desde siempre un país violento. Un rosario de muestra lo conforman las luchas desarrolladas durante la fundación por diferentes nacionalidades, la colonización del oeste con la consiguiente exterminación y sojuzgamiento de los habitantes autóctonos, la fratricida Guerra de Secesión, el despojo de territorios a mexicanos, las invasiones armadas a todos los continentes,  la segregación racial, la existencia de una congregación tan tenebrosa como el Ku Klux Klan y la creación de la más poderosa y criminal mafia que conoce la historia.

Es una cultura desplegada a partir de la superioridad de los hombres de piel blanca sobre las diferentes minorías étnicas, del colonialismo y las acciones de todo tipo –incluidas las bélicas-  por el dominio del mundo. Aupada por las series y películas “patrióticas” y de acción, episodios radiales, informaciones variadas sobre hechos de sangre, publicidad sobre las “bondades” de diferentes armas desde revólveres hasta bazucas, pasando por los más modernos fusiles de asalto y demás aditamentos de guerra. Aunque no se publican cifras exactas del total de caídos en ese territorio por hechos violentos, se conoce el crecimiento de su venta, muchas veces impulsadas por acontecimientos tan disímiles como el ascenso a la presidencia del país de un hombre de piel negra o el uso de determinado modelo y marca de una pistola en una serie televisiva de moda.

Y es la herencia de un país cuya Constitución ampara el derecho a poseer y portar armas, apoyatura legislada cuando existían grandes diferencias fundacionales entre los estados constituyentes y el gobierno federal; estas contradicciones desembocaron  en la devastadora guerra entre el norte y el sur. La legislación fue categórica y  concluyente en cuanto a su carácter racista: los negros no podían comprar las; solo tendrían acceso las clases privilegiadas y de piel blanca. Por tanto allí, en EE.UU. impedir el adquirir y poseerlas  es ir contra un derecho ciudadano. Se mantiene el espíritu del peligro de la insurrección de los “afrodescendientes” a la dominación ejercida por los “anglodescendientes”, “irlandodescendientes”, “italodescendientes”, “francodescendientes” y demás ciudadanos de primera así como un posible ataque de delincuentes: toda una verdadera paranoia. Es doloroso decirlo pero la apreciación sobre la peligrosidad de un negro armado –o que se presume lo esté- no ha variado desde la esclavitud a la fecha.

Un comercio de cientos de millones cada año, regido por la poderosa Asociación Nacional del Rifle -quien compra voluntades en las instancias de gobierno, en los conformadores de opinión pública e influye de modo decisivo en el pensamiento de la mayoría de la población  , logra bloquear cualquier disposición legal para poner control en la adquisición, uso y abuso de los armamentos– alimenta el crecimiento de la espiral de la violencia. En los abundantes videos y fotografías para tal comercialización, transmitidos en locaciones tales como tiendas, ferias y campos de tiro,  no se ven negros.

A finales del pasado año el diario El Mundo publicaba un extenso artículo denunciando que el Congreso de EE.UU. nunca ha autorizado la creación de una base de datos sobre la tenencia de armas y sus consecuencias. Por tanto no existe ningún tipo de estadística oficial pero algunos grupos conservadores, favorables al derecho de tener y portar armas, calculan 32 mil muertos al año, de estos algo más de 11 mil son asesinatos. Estiman a los civiles estadounidenses dueños de la mitad de estos letales artefactos existentes en el mundo y a la pregunta de ¿cuántas hay en EEUU?, respondían: “En 2009, el Servicio de Estudios del Congreso llevaba esa cifra a 310 millones… Ese año, la población estadounidense era de 306,8 millones de personas, lo que implica más de un arma por cabeza…”.

La grave situación social engendrada en el país “adalid” de la democracia mundial y autodenominado creador del “sueño americano” tiene profundas causas sociológicas. Allí el hombre, el “emprendedor” -presa del individualismo, supuesta fortaleza del capitalismo- , muchas veces no logra sus aspiraciones y se convierte en “a loser” (un perdedor). Le quedan dos caminos: resignarse a ser segregado o dar rienda suelta a su resentimiento de diversas maneras. El segundo de ellos marca diferente direcciones: alcanzar mayores espacios en la sociedad por métodos delincuenciales, evadir la realidad por el consumo de alcohol y/o drogas,  y mostrar superioridad  por medio  de la violencia sobre todo dando rienda suelta a sentimientos xenófobos, de discriminación racial o por preferencias sexuales. Por supuesto los más desguarnecidos integran la mayoría de ese ejército de “inadaptados”, verdaderos peligros para la confirmación de la sociedad que intenta publicitarse.

Existe una arista importante a tener en cuenta: el poder económico, financiero, comercial, político y mediático de los Estados Unidos con respecto al resto del mundo tiene mucho que ver con la inercia ante los crímenes cometidos. El propio presidente Obama, quien se ha referido al racismo y a la brutalidad policial, interrumpió una visita a España para asistir a los funerales de los policías muertos pero no estuvo presente en las exequias de los norteamericanos de piel negra, también asesinados.

Que sepa ningún organismo nacional o internacional ha tomado cartas en el asunto: la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos; Amnistía Internacional; el Centro de Acción de los Derechos Humanos, organización establecida en Washington, D.C.;  Derechos Humanos Sin Fronteras (HRWF, de Human Rights Without Frontiers); Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo del Departamento de Estado de EE.UU.; y la OEA que ha tomado la vanguardia en la agresión política contra el gobierno de Nicolás Maduro, a punto de pedir una intervención armada extranjera contra Venezuela, acusándolo de violar los derechos humanos e irrespetar la democracia.

Hace poco más de un mes ocurrió la masacre de 53 participantes de una fiesta de la comunidad LGBT. Más hombres negros han caído desde entonces  y los medios digitales anunciaron tres frustrados atentados a miembros del cuerpo de orden público. Tenga usted en cuenta que en 2015 la policía mató  1 134 personas y la cantidad de negros -entre estos niños, mujeres, ancianos y dementes- fue cinco veces mayor al de los blancos. Los miembros del cuerpo policial, participantes en tales hechos, en general no fueron sancionados por sus crímenes. En tal sentido hechos y escándalos son incontables e imposible relacionarlos en un artículo.

Es muy reciente el asesinato de otros tres agentes policiales en atentado efectuado en Batton Rouge, Luisiana, a poco más de una semana de los sangrientos hechos ocurridos en Dallas, Texas, cuando cayeron otros cinco uniformados, en acción también premeditada y planificada, como respuesta a acciones racistas. Son acciones en crecimiento, respuestas a los abusos  policiales contra los hombres y mujeres de piel negra, cansados por la magnitud de la discriminación racial, sin ver gestiones gubernamentales encaminadas a resolverla, detenerla o cuando menos ralentizarla.

¿Es el inicio de una confrontación donde unos y otros buscarán la venganza promovida por la “ética” social interpretada por no pocos agentes represivos y ciudadanos de piel oscura?

 

 

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