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Archivos diarios: 12/05/2016

La revista Bohemia y Jorge Alfonso

Por Pedro Hernández Soto*

Jorge Alfonso 1

Jorge en 1972. Si viera ahora esta imagen sonreiría e hiciera algún comentario jocoso. Foto Bohemia.

En las décadas de los años 40 y 50 la revista Bohemia era para los cubanos algo así como un fiscal social íntegro quien fustigaba cada semana los desmanes y venalidades gubernamentales, sufridos por un pueblo que había estado a punto de conquistar su soberanía, primero a fines del siglo XIX por las guerras independentistas libradas por el Ejército Libertador y después en la década del 30 por los hombres que derrocaron la feroz dictadura de Gerardo Machado.

Aquella real y dura historia vivida por los cubanos, unida a las decepciones sufridas con los podridos gobiernos auténticos y el despotismo instaurado por el batistato, relatados y discutidos en el semanario de mayor circulación de Cuba de la entonces puntual publicación, hacían para mí -en la infancia y juventud durante los años mencionados-, un fetiche, una brújula, y quizás siempre el portador de una acusación sopesada y a la vez sentencia justa y soberana. Era así como yo la veía.

Por eso cuando en el 2000, ya jubilado, su director José Fernández Vega me llamó a integrar las filas de la revista, no demoré en aceptar: era un honor. Ingresaba en la institución periodística más querida y respetada por el hombre y la mujer que me criaron y educaron, mi padre, y mi madre. Pero en la vida todo tiene su final y mi estancia allí también lo tuvo.

El pasado martes 10 el colectivo de Bohemia celebró 108 años de la salida ininterrumpida de la institución. Y mañana viernes 13 será el quinto aniversario de la pérdida de un hombre que aportó mucho, muchísimo, a las páginas deportivas de la editora: Jorge Chacón Alfonso, quien firmaba como Jorge Alfonso y algunos íntimos le llamaban El Yoyo.

Fue un cubano modesto, magnífico periodista, amigo y dirigente sindical. Nació en las casitas de Kholy (calle 27 entre 24 y 26 apto 80, Vedado), en 1945; y cuando lo conocí vivía sin salir del barrio en 25 y Zapata, en un pequeño apartamento de un cuarto. Su padre lo reconoció en 1992, por eso no mantuvo buenas relaciones con él y nunca usó el primer apellido en su firma profesional sino el de su mamá: Alfonso.

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