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“… y los mangos y los aguacates son deliciosos…”

04 Abr
Equipo baloncesto Inst. 2da. Enseñanza, Cfgos. 1956

1956, equipo de baloncesto en el patio del Instituto de Segunda Enseñanza de Cienfuegos. Delante. I-D. Rodolfo (Fito) Castellanos, Fausto Fernández, Efraín Quintana, Luis González Couceiro. Detrás. I-D. Orestes Reyna (Pericles), Pedro Hernández Soto, Agustín Gutierrez, René Perdomo, Gonzalo Villoro y Chuchín Peña. Ausente: Ricardo Pérez Sarría, hoy Gloria del Deporte.

Por Pedro Hernández Soto

Por supuesto, la foto mostrada trata de una época que describo y no tiene que ver -de modo directo- con el título de esta publicación realizada a partir del recuerdo provocado por un interesante reportaje de los amigos Tania Chappi Docurro y Raúl Medina Orama, publicado en Bohemia digital, llamado Jardín peculiar, referido a la necrópolis Tomás Acea, de  Cienfuegos. Después de “fotografiar” aquel escenario en tres apretadas páginas, es decir, tras mostrar los datos principales de su arquitectura e historia, y enumerar las tareas de restauración que allí se realizan bajo la dirección del grupo de Cementerios de la Oficina del Conservador de la Ciudad, culminan su información con un párrafo que me ha movido a exponerle una  anécdota, vivencia propia. Le reitero que soy cienfueguero, allí nací y me crié.

El parágrafo en cuestión dice así: “Aunque no nos animamos a probar la veracidad de afirmaciones como ¨los tamarindos más dulces de la zona crecen aquí, y los mangos y aguacates son deliciosos¨, nos convencimos de que entrar al Cementerio Tomás Acea no siempre es un viaje hacia la noche, sino un encuentro con otras facetas del pasado y de la creatividad humana”.

Ahora les cuento. Era la primera década de los años 50 del pasado siglo cuando cursaba el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza, ubicado en el recién inaugurado edificio situado en la entonces llamada Carretera del Junco, o de Rancho Luna, hoy Avenida 5 de Septiembre que entonces llegaba solo hasta el camposanto. Es un bello edifico de dos plantas, a cuyo frente le continúan dos alas laterales en ángulos de 90 grados, por lo que se asemeja a una U; hoy alberga la Escuela Provincial de Arte de Cienfuegos Benny Moré. Situada en lo alto de una pequeña elevación es una construcción bella, fresca, cómoda, bien realizada.

El Instituto, como le llamábamos, fue una verdadera forja de revolucionarios y allí desarrollé muchas de las mejores amistades de toda mi vida. Tal edificación había sido lograda después de innumerables protestas estudiantiles, incluidas huelgas y  manifestaciones, que conocí -y tuve oportunidad de participar- en el último de los gobiernos auténticos (1948-1952). En su centro un amplio patio de cemento servía de escenario para las clases de la educación física del programa de estudios, y las prácticas de los equipos masculino y femenino, de baloncesto y volibol, los cuales defendían el plantel en las competencias de la Federación Atlética Nacional de Institutos (FANAI). Aquello se hacía bajo las expertas miradas de los laboriosos profesores Raúl Medina, Orestes Reyna (Pericles) y Martha Morejón.

A un lado del espacio, muy cerca del muro trasero de aquel nivel, se encontraba una frondosa ceiba, cuya época de floración nos obligaba a barrer el “floor” antes de comenzar los entrenamientos. Y a la sombra de aquel árbol existió un kiosco que ofrecía golosinas comestibles y bebestibles para las meriendas de estudiantes y profesores. Por supuesto, era punto de tertulias para los tiempos en que, por planeamiento o eventualidades, no teníamos clases y allí hablábamos de todo, desde política hasta beisbol. El dueño, administrador, único empleado y buen interlocutor era Isaac (me parece recordar de apellido Béquer), hombre blanco, trigueño, grueso, más bien bajito, velludo y locuaz, quien con rapidez se ganó nuestra confianza.

Los tiempos eran de escaseces. En un grupo de amigos  iba a menudo al Cementerio a mirar a través de las ventanas y observar en estricto silencio la realización de autopsias a muertos por formas violentas -bien fueran  por asesinato, suicidio o accidente de cualquier tipo-, hombres o mujeres. Quien abría el cráneo y el tórax de cada cadáver era un hombre mayor, blanco, que utilizaba corta hierros, martillo, grandes tijeras y segueta, mientras fumaba un cabo de tabaco el cual ponía por momentos en la mesa necrológica. En la mudez absoluta del local, los sonidos por el uso de aquellos instrumentos aumentaban la tensión y la curiosidad en nosotros, adolescentes de una sociedad profusa en mitos y leyendas. Los conductores de los pocos y viejos ómnibus de la ruta Cementerio-Barrio de O´Bourke, que circulaban por frente a nuestra instalación, no nos cobraban el pasaje hasta allá, en la búsqueda del respeto a sus idas y venidas cuando cerrábamos la carretera por huelgas y tomas del edificio.

En cierta ocasión paseando por aquellas avenidas cuasi sacramentales, en espera de una nueva experiencia de aquellas, vimos una mata exhibiendo mangos en plena sazón. A la idea de comernos varios, alguno de nosotros argumentó que eran sagrados y no podían tocarse. La digresión no tuvo ningún apoyo y le fuimos arriba a aquellas sabrosuras. Allí surgió la posibilidad que Isaías nos comprara un saco de esas frutas y en cuanto regresamos al centro se lo propusimos. Ni corto ni perezoso aceptó, con la condición que gastáramos en el kiosco lo por él pagado: era una operación muy hábil, ganaba más. No obstante estuvimos de acuerdo y en lo adelante, durante aquella cosecha, muchos comimos de los mangos del Cementerio.

De verdad son deliciosos. Tania y Raulito no saben lo que se perdieron.

 
2 comentarios

Publicado por en 04/04/2016 en Amistad, Cuba, Deporte, Educación, Uncategorized

 

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2 Respuestas a ““… y los mangos y los aguacates son deliciosos…”

  1. Fidel Santacruz

    04/04/2016 at 7:01 PM

    En 1956 yo trabajaba en un hospital, dentro del cual, dormíamos un grupo de empleados; algunas veces por las noches, colaboraba con unos estudiantes de medicina, cuando practicaban con los cadáveres en la morgue. Yo estudiaba un tercer grado en una escuela nocturna. En ese año leí en una Revista Bohemia, EL VIEJO Y EL MAR de E. Hemingway.

     
    • hdezsoto

      04/04/2016 at 9:09 PM

      Sí, que bien. Fue la primera edición en español de esa obra. Henmingway exigió que el traductor fuera Lino Novás Calvo y que sus emolumentos se donaran al Leprosorio de La Habana. Gracias Fidel por su confianza

       

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