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Un cáncer no es siempre el final

08 Ene

Por Pedro Hernández Soto

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El doctor Antonio Bouzó y su secretaria Miriam, en plena consulta

Esta historia no me la contó nadie. Es mi propia historia.

Comencemos por fines del año 2003. Después de cuatro años de atención en un hospital, por un médico de cuyo nombre no quiero acordarme, mi afección de la próstata casi me impedía orinar. Entonces comenzaron unas prácticas de dilatación del conducto del pene, con la introducción de unas varillas calibradas. Aquello era una verdadera tortura. A los dolores muy intensos acompañaban abundantes sangramientos. Y según me dijeron, era un tratamiento de por vida.

Decidí buscar otra opción. Un amigo me llevó al Hospital Clínico Quirúrgico Joaquín Albarrán (Clínico de 26) y me puso en manos del doctor De la Pedraja. Vino el protocolo establecido: tacto rectal que arrojó irregularidades en la glándula prostática; extracción de sangre para analizar el PSA que es el nivel de la presencia de una proteína producida por las células de la próstata, cuyo nivel no debe exceder de 4.0 nanogramos por mililitro de sangre (ng/ml) y en mi caso arrojó 132; y por esto, una biopsia que dio resultados positivos. Es decir, padecía de carcinoma (cáncer) de próstata.

El resultado lo conocí en la consulta un jueves y el lunes siguiente estaba en el Oncológico (Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología, Inor). Allí me recibió el doctor Jesús Blanco quien me llevó ante el urólogo-oncólogo Antonio Bouzó. Ambos trataron de infundirme confianza: “Te ves saludable, no vas a tener problemas”, coincidieron. Yo no les creí del todo. De esto se están cumpliendo ahora justamente doce años.

Bouzó indicó un estudio completo de mi organismo, se confirmó el resultado de la biopsia y además conocimos que padecía hepatitis. El galeno nunca me dijo el grado de mi tumor; por otras vías me enteré que sufría un T-3 de un máximo de 4. “Es necesario que hagas reposo, Pedro, y no puedo medicamentarte ahora pues los fármacos contra el cáncer de próstata son muy hepático-agresivos”, me indicó.

Vinieron entonces momentos muy difíciles desde el punto de vista emocional. En mi casa, acostado en mi cama, boca arriba, miraba el techo y me decía: “Yo aquí, sin tratamiento y un cáncer comiéndome”. Supe en aquel momento de unos remedios con una planta llamada “Noni”. Con la aprobación del especialista empecé a consumir su jugo.

Al mes y medio ya estaba repuesto de la hepatitis y fue curioso el saber que el PSA había descendido hasta 87. Comenzó el tratamiento trimestral con Zoladex, una vacuna importada de muy alto costo. Y por cierto, permítame contarle una anécdota: la primera vez que me dio la receta para buscar el medicamento en la farmacia del Oncológico, pensando yo sufragar el costo, le pregunté: ¿Y cuánto cuesto esto? A lo que sonriendo me contestó: “Tú no tienes dinero para pagar eso”. En efecto, en aquellos momentos cada dosis rondaba los mil dólares.

El tratamiento fluyó con el tiempo, cada trimestre la extracción de sangre para determinar el PSA y la administración de la vacuna. Cuando el análisis se mantenía cierto tiempo en 0.00 o cerca, sobrevenían suspensiones de la medicina para dejar “refrescar” el hígado. Otras veces se ponía rebelde y entonces comenzaban las sustituciones por la administración de Dietiletilbestrol (DEEB).

En el estudio integral del 2005 el Ultrasonido de abdomen denunció un pequeño quiste en el riñón izquierdo, todo lo demás estaba bien. Lo fui a ver de inmediato. Me ordenó repetir el examen. Era cierto, allí estaba.

Era un día de consulta en julio. Cuando aquello, se ejecutaba la reparación y ampliación del Instituto. Disponía Bouzó de un pequeño local, habilitado en la escuela de enfrente, sin ventanas, húmedo y caluroso. Aquella mañana habían cortado el fluido eléctrico. Lo encontré en el jardín, bajo un intenso sol, sentado ante una mesa donde destacaban, apiladas, un gran número de historias clínicas. Allí estaba atendiendo a sus pacientes.

Apreciando aquella muestra solidaria, en momentos de tanta confusión y dudas sobre el humanismo, le pregunté: ¿Antonio, tú eres creyente? A lo me contestó de modo categórico: “No”. Le dije entonces: ¿Y por qué haces este sacrificio aquí, con tanto calor y polvo? La contesta fue no menos firme: “Si no atiendo hoy a mis viejitos ¿cuándo lo haré?” Ese único gesto bastó para ganar mi admiración por toda la vida.

Y bien, volviendo a los conejos de España, me informó que era necesario operar. Le sondeé algo en “bonche”: ¿Y el riñón se va del aire? A lo que respondió con mis mismas palabras: “Se va del aire”. La intervención, por dificultades en los salones de cirugía de la instalación, se efectuó el 11 de octubre, en la Clínica de Kholy. Fue excelente.

A partir de entonces todo marchó de maravillas hasta el año 2013 cuando empecé a padecer de dolores óseos. Me remitió a la doctora Yoana Flores, en el Departamento de Quimioterapia, quien me recetó diez dosis de un suero llamado Metroxantone, espaciadas cada 21 días, de forma ambulatoria. Los recibí y todo mejoró.

Hoy voy a confesar a verdad. El doctor Bouzó se enterará cuando lea este trabajo; no se lo he dicho antes por pena. Todo se debió a un error mío. Yo estaba tomando DEEB, a razón de la mitad de una pastilla de 5 mg cada día. En la más reciente entrega en el Oncológico, no me percaté que estas eran de 1 mg. ¡Estuve tomando durante todo un tiempo 0.5 mg por día en vez de 2.0 o 2.5! Esa fue la causa de las dolencias.

No he tenido más problemas con mi carcinoma de próstata. En enero se cumplirán 12 años que entré por primera vez en la consulta del doctor Antonio Bouzó. Han sobre venido otros problemas de salud, de los cuales, el más importante fue el infarto agudo de miocardio, en la cara anterior, sufrido en diciembre de 2014. Además cirugías de una verruga plantar y cataratas en ambos ojos, pero esas son otras historias digo parafraseando a Pánfilo, el protagonista del popular programa Vivir del cuento.

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2 comentarios

Publicado por en 08/01/2016 en Ciencias, Cuba, Salud, Uncategorized

 

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2 Respuestas a “Un cáncer no es siempre el final

  1. Víctor Manuel González Albear

    09/01/2016 at 2:03 AM

    Formidable, Pedro, te felicito una vez más, eres un paradigma también por este alentador buen ejemplo. Va además un fraterno abrazón, de tu viejo hermano y colega, Víctor Manuel

     

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