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El rescate de Jacobo

14 Oct

Por: Pedro Hernández Soto

Peregrinación del pueblo cienfueguero, en homenaje al 54 Aniversario del levantamiento popular armado del 5 de septiembre, el día 5 de septiembre de 2011.   AIN   FOTO/Modesto GUTIÉRREZ CABO/mvh

Peregrinación del pueblo cienfueguero, en homenaje al levantamiento popular armado del 5 de septiembre, AIN FOTO/Modesto GUTIÉRREZ CABO/mvh

En realidad se llamaba Mario Benítez y vendía carbón al menudeo en el barrio. La gente lo llamaba solo por el patronímico, y a sus espaldas usaban Mario, el Carbonero, o Mario Arañita.

El segundo apodo se debía a que jugando beisbol como receptor era una verdadera araña para recibir cualquier lanzamiento de los pitcher o tiros desde los jardines.

Era un mulato de rasgos asiáticos y pelo ensortijado peinado hacia atrás. Bajito, muy fuerte, de piel curtida por el sol y el salitre. Su voz era ronca y fuerte al parecer por el pregón que cantaba anunciando el producto que vendía así como el abuso del ron y los cigarros.

Tenía una pequeña chalupa (bote de fondo plano) con la cual se trasladaba al otro lado de la bahía con uno o dos de sus hijos llevando solo un poco de arroz, grasa, sal, anzuelos y cordeles; con esto último garantizaban el pescado para completar la magra dieta.

Llegados a aquellos inhóspitos terrenos hacían una pequeña construcción de madera y yagua para resguardarse de la lluvia y el roció. Entonces comenzaban a cortar el mangle para fabricar el carbón que después vendería Mario por las calles de Cienfuegos.

Vendrían a continuación los días del cuidado del horno para que no se “volara” y con ello perder todo el esfuerzo, el tiempo y los recursos invertidos. Concluido el proceso daban varios viajes con la chalupa atestada de sacos de carbón, a través de la rada, hasta completar la faena.

Me contó mi padre que en un juego de beisbol, en el antiguo estadio Trinidad y Hermanos, con la gradería repleta de público se produciría una jugada apretada en home: un corredor contrario venía a toda velocidad mientras un jardinero hacia un buen tiro, preciso, con tiempo. El receptor era Mario que se agachó preparado para el encontronazo y sucedió que aquel jugador tenía buenas cualidades atléticas, aprovechó la baja estatura y la posición del defensor que lo esperaba pelota en mano… ¡y lo saltó logrando llegar al plato, safe!

Al momento los fanáticos comenzaron a reírse a mandíbula batiente, Mario le arrojó la pelota con toda violencia al atleta contrario impactándole en la espalda; el hombre se viro y le mentó la madre. Nuestro protagonista recogió la careta del suelo y marchó hacia él con instintos homicidas. Los peloteros de ambos bandos se lanzaron al terreno con los bates esgrimidos como garrotes. Mientras, el público coreaba de modo rítmico, apoyándose en palmadas, un estribillo que decía ¡Arañita! ¡Arañita!

La intervención de los árbitros y la policía pusieron fin aquel pandemónium provocado más que todo por el machismo y la guapería. Eran los tiempos que se vivían.

De modo principal los sábados yo salía a comprar el carbón de la semana al paso de Mario, todo tiznado, en su carretón de cuatro ruedas halado por un mulo del cual ya no recuerdo el nombre. ¿Qué sucedía a veces? Pues que el animal pasaba con el pene afuera y los muchachones sentados en los contenes de la acera -o en los quicios de las casas- gritaban lo que mis padres no me dejaban hacer: ¡Mario está regalando un lápiz! ¿Quién quiere un lápiz? Él sonreía achicando aún más los ojos y mostrando sus dientes amarillos por el tabaco, mientras movía la cabeza a ambos lados y mientras no dejaba de avanzar con su carretón lleno de carbón.

Pero todo en la vida de Mario no sería costumbrismo y folklore.

La madrugada del 5 de septiembre de 1957 civiles del Movimiento 26 de julio y fuerzas de la Marina de Guerra acantonadas en la base naval de Cayo Loco, Cienfuegos, se alzaron contra el régimen del tirano Batista. Fallas en la comunicación impidieron que la insurrección fuera nacional y por tanto se redujera solo a la ciudad del centro sur de la Republica.

Temprano empezaron los bombardeos y ametrallamientos contra la Base y barrios; después entraron las fuerzas tácticas del ejército, pertenecientes a Matanzas, Camagüey, La Habana y Santa Clara; y los Tigres de Masferrer. Los rebeldes resistieron hasta altas horas de la noche y en algunos puntos como en el Colegio San Lorenzo se batieron hasta el término de sus municiones. Todos los detenidos en ese último lugar fueron ametrallados. Mientras, en la oscuridad de la noche un mulato achinado, bajito y fuerte, solo, remaba en el mayor silencio, a lo largo de la costa de la bahía cienfueguera.

Años después, el periódico Juventud Rebelde, el 3 de septiembre del 2011, el hoy Comandante Julio Camacho Aguilera, jefe civil de la asonada mencionada –conocido entonces como “Camacho” en Guantánamo, “Jordán” en Santiago, “Jacobo” en Las Villas y “Gastón” en La Habana– testimonió lo siguiente:

“Siento un sano orgullo de haber cumplido aquella tarea y no olvidaré cómo el pueblo cienfueguero me salvó. Me salvó primero el carbonero Mario Benítez, “Arañita”, quien nos sacó en un barco, después que combatimos contra los refuerzos del ejército, muy superiores en hombres y en armas. A él lo apresaron, lo torturaron y no habló. Nos llevó hasta la pescadería costera, en la Avenida 40 número 3303, en tierra cienfueguera.

“No puedo olvidar el papel de las personas de esa pescadería, de apellido Villalonga, quienes avisaron a los Curbelo y me rescataron. Merejo Curbelo me sacó de allí y me llevó hasta la finca de Aguadita, cerca de Rodas, donde estuve escondido durante 11 días, en un cañaveral. Fuimos saliendo uno a uno; el último en salir, con dos granadas y dos pistolas, montado en las ancas del caballo, cuyas riendas llevaba Raúl Curbelo Morales, fui yo. Le dejé una pistola a él.

“Compañeros de Santa Clara fueron a buscarme. Se destacó en eso una compañera, Nena Gómez Lubián. Me llevaron hacia la capital provincial, donde me incorporé a la dirección del Movimiento 26 de Julio. Estuve en la casa de un arquitecto de apellido Pairol, lugar a donde fueron Marcelo Fernández y Osmany Cienfuegos, con orientaciones de trasladarme a La Habana y sustituir a Enrique Hart Dávalos, quien había caído prisionero.

“Tuve que estar en tres juicios, pero el acusador principal —el criminal Casillas Lumpuy— no asistió; por eso en ese momento recibí libertad condicional. No me probaron mi participación en el 5 de Septiembre, aunque sí en el alzamiento del 30 de Noviembre de 1956.”

Este trabajo fue realizado con la colaboración de Miriam Suanny Miranda Garcia

 
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Publicado por en 14/10/2015 en Uncategorized

 

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