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García Márquez: ¡Muchacha, lo que te ha tocado¡

23 Abr

Por Magali García Moré

Gabriel García Márquez y Magali García Moré, La Habana, 1986

Gabriel García Márquez y Magali García Moré, La Habana, 1986

Aquella mañana no volaron mariposas amarillas a mi alrededor cuando me levanté, ninguna señal me hizo suponer que sería un día distinto, que nunca olvidaría.
Me refiero de la especialísima ocasión en que me fuera presentado este mito de la literatura latinoamericana y del mundo. Fue un momento mágico y tan real que lo veo ante mí con su amplia sonrisa e inteligente mirada.
Todavía disfruto recordar los dos cortos momentos en que pudimos conversar, aunque todo el tiempo posible me habría parecido poco. Gabriel García Márquez se encontraba en La Habana participando en el Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de nuestra América, organizado por Casa de las Américas, era enero de 1986.
En un pasillo del Palacio de las Convenciones me encontré a Jaime Saruski, con quien había trabajado unos años en el periódico Granma. Con su aire de nobleza y aquella caballerosidad, ¿española?, se me acercó y preguntó si yo conocía al Gabo. Desde luego que personalmente no pero entre nosotros ¿quién no se había bebido todo o casi todo lo publicado por este genio– ya en esa segunda parte de la década del 80? ¡Ven, me dijo, te lo voy a presentar!
Un minuto después estuvimos frente a uno de los más reconocidos escritores latinoamericanos, quien se hizo y nos hizo, planetariamente famosos, y llegaron las “presentaciones”. Sus palabras casi me dejan muda: Con gran asombro de mi parte y risas de él me soltó el comentario: Muchacha,¡lo que te ha tocado! ¿Cómo vas a cambiar esa revista soviética?… Te deseo suerte…

Gabriel García Márquez y Magali García Moré, La Habana, 1986

Gabriel García Márquez y Magali García Moré, La Habana, 1986

Logré dedicarle una gran sonrisa mientras nos dábamos un apretón de manos. ¡Ahora si sentía que iba a levitar!, y de inmediato le agradecí sus buenos deseos y sin dar tiempo a que me dominaran mis nervios, le formulé un pedido.

Le dije que luego de tanto tiempo sin una entrevista de él, podría ofrecerles a los lectores de Bohemia, un fragmento de lo que tuviera en proceso en ese momento. Se trataba nada más y nada menos que de “El amor en los tiempos del cólera”. Quedamos en que me avisaría. Pero cuando la conversación llegó a su final ya yo tenía el número de teléfono que me dictó y de la casa de visita donde se hospedaba.
Pasaron varios días y buscando fotos del Gabo en el bien nutrido archivo de la revista, solo encontramos de los años 70, con el cabello oscuro, sin las canas que ahora comenzaban a matizarlo.
Fue un magnífico pretexto para solicitarle un nuevo encuentro. Lo llamé e hizo un comentario siempre difícil de responder: ¿Me estás diciendo que he envejecido?
La interrogante me confundió y mi respuesta fue que solo queríamos actualizar nuestra magnífica colección de fotos de un amigo como él. No sé si salvé cualquier posible descuido por parte mía, pero parece que no porque me dio día y hora para el encuentro.
Cuando llegamos a la casa primero se acercó a recibirnos el mismo García Márquez y seguidamente Mercedes, la esposa, destacada además por discreta. Permaneció siempre cerca, atenta a todo lo que ocurría.
Allí se encontraba el compañero Roberto Fernández Retamar, presidente de Casa, quien sostenía animada plática en un ángulo del salón con el amigo entrañable y solidario.
Esta era la segunda ocasión en muy corto lapso de tiempo que podía verlo y hablarle como a alguien muy conocido. Pero, seguía pareciéndome increíble tenerlo allí, frente a mí, creándome algo de temor y sin saber cómo escapar de aquella sonrisa cautivante, y de voz y modo de decir de su propia manera de ser, aunque a la vez muy colombiana.
La conversación se generalizó al incorporarme con quienes me acompañaban, Miguel Torres, Susana Lee y Carlos Pildaín, fotógrafo de Bohemia, quien inició su trabajo de inmediato
El tiempo pasaba y no me cansaba de escuchar las observaciones del escritor, periodista y hombre de su tiempo que prefería el vallenato, entre las muchas manifestaciones musicales de su tierra. Tanto, que en algún momento afirmó que “Cien años de soledad” no es más que un vallenato de 350 páginas…
El cineasta Miguel Torres, quien mucho colaboraba con el semanario en ese entonces, hizo referencia al período en que coincidieron en París y la conversación enrumbó por el camino de la cinematografía, la otra gran pasión del escritor.
Siendo muy joven García Márquez, estudió en Roma –donde conoció a Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea –, pues quería ser director de cine. Y más adelante lo abandonó porque eran muchas las personas que intervenían en una película y resultaba muy caro el proceso para relatar las historias íntimas que pretendía.
Así Cuba pudo contar con su apoyo decisivo en la creación de dos instituciones como la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano –que presidió–, y de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Dos pilares del quehacer de la industria cinematográfica de la América Nuestra y con la cual se hicieron aún más estrechos sus vínculos con nuestro país, profundizados por su amistad con Fidel…
Se habló de la novela que estaba en fase de publicación y de la cual habíamos conquistado un fragmento como precioso trofeo, para beneplácito de los lectores cubanos. Pero había que terminar, sin rituales ni ceremonias, no podíamos privarlo, ni un minuto más de su precioso tiempo.
Nos despedimos entonces, como hoy en que físicamente ya no está, de quien con su obra nos ayuda a preservar la imaginación contra el tiempo. Pero, por sobre todo, lo realmente importante es el amor que trasmitió para quienes habitamos el mundo y Latinoamérica en especial, que recibimos y recibiremos en cada palabra y cada línea de las que dispondremos cada día de nuestras vidas…
Hasta siempre, Gabo.

 

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