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El beisbol es inteligencia y no agresión más impunidad

26 Feb

Por Pedro Hernández Soto

Pelotero con bate en la mano frente a hombre recubierto con armadura medieval

Violencia en el deporte. Fuente: Bohemia digital. Autor Blanquito

Lo cierto es que razones no le faltan. A tal conclusión llegué cuando ya más calmado caminaba hacia Bohemia la mañana de ayer. En la calle me encontré con un vecino-amigo-aficionado que me soltó casi sin saludarme: ¡Dejo la pelota, es una reverenda m…! ¡La culpa la tiene la dirección de la Federación Cubana de Beisbol! ¡Nunca la pelota en Cuba ha tenido tantos problemas! ¡Cuando la cambien, volveré! Sabía que era una consecuencia de lo sucedido en el Victoria de Girón.

Lo confieso, me molestó muchísimo lo de: ¡Dejo la pelota, es una reverenda m…! Tanto que me cegué. Solo atiné a contestarle: ¡Tú estás loco, y con tu permiso te dejo pues voy atrasado para el trabajo!

Nunca he practicado la teoría del avestruz, de enterrar la cabeza hasta que el peligro pase; ni de retirarme del campo de batalla. Se pierde la esencia de la propia vida que es luchar, luchar y luchar. También nuestro deporte nacional debemos defenderlo todos, analizando, criticando lo malo, y alabando lo bien hecho.

¿Por qué pienso así, tan radical? Me explico, casi que aprendí a caminar de la mano de Peyo, mi padre, cada domingo al mediodía, rumbo al estadio Trinidad y Hermanos, de Cienfuegos. Tío Betico llegaba a mi casa un poco antes, a veces almorzaba con nosotros, y nos íbamos juntos. Eran hermanos muy bien llevados, se hacían chistes todo el tiempo y reían a mandíbula batiente.

Allá nos sentábamos a pleno sol, en sillas “de tijeras” alquiladas, fuera de la pequeña gradería. Se reunían con varios amigos (Pedro González, chofer de alquiler y ex boxeador, Yayo el panadero y otros), compraban cubos con botellas de cerveza enfriadas con el hielo que las rodeaba (allí me hartaba de Pepsi Cola). Cuando se las tomaban llamaban al vendedor y adquirían otras. Sabían controlarse: nunca los vi borrachos.

Con Peyo y Betico aprendí el abc de la pelota; y conocí a Conrado Marrero, Charles Pérez y muchas estrellas más de la época, verdaderos héroes comunitarios. Después vino el fanatismo por el Cienfuegos de la Serie Profesional de Beisbol y los Yankees de New York de la Liga Americana, llevando unas anotaciones rudimentarias en noches muy frías (tapado hasta la nariz con una frazada), a partir de las transmisiones radiales escuchadas por el viejo aparato RCA Víctor que una vez un tío abuelo pretendió robarnos para empeñarlo… Nada, cosas de familia.

En una ocasión acompañé a mi padre (era chofer de alquiler con carro propio) y unos clientes al Gran Estadio del Cerro, acá en La Habana, a ver un juego entre Cienfuegos y Almendares. Corría el año 1950 y ese día fue muy importante en mi vida: a mediados del partido le pregunté a Peyo cómo estaba el partido y él me contestó: “Allí en la pizarra está”. Yo le respondí con una verdad: “Yo no veo los números”.

Al regreso a nuestra ciudad natal me llevó de inmediato a la consulta de un brillante oculista, el doctor Rodolfito Hernández. Desde entonces uso lentes, a los once años de edad: ahí terminaron mis aspiraciones de ser un brillante jugador.

En 1962 vinieron las Series verdaderamente cubanas y estoy –lo aseguro- entre sus seguidores más fervientes, siguiendo a Las Villas primero, y después a Villa Clara y Cienfuegos. Hoy tras casi treinta años en La Habana conozco a más integrantes de Industriales que ningún otro equipo. Soy muy amigo de ellos, sus padres, madres y abuelos. Razón muy sencilla: fueron compañeros de equipos de mi nieto desde hace 13 años.

Las cosas han cambiado mucho para mal con respecto a aquel beisbol que vi en mi infancia y adolescencia. Es verdad, los estadios se han convertido en los más vulgares lugares de broncas, protestas, faltas de respeto a todos, e incluyo a los árbitros, los aficionados que allí se encuentran y quienes lo ven por la televisión y oyen por la radio, a sus propios compañeros de juegos, a los periodistas quienes llevan las informaciones al pueblo, que es en definitiva para quien se trabaja.Y no pierdan de vista a los apostadores.

Cada vez es mayor la peligrosidad de las agresiones y la impunidad. Los directores no siempre controlan a sus peloteros y ¡Oh, asómbrese!, sus sanciones reglamentarias son iguales a las de sus subordinados.

Para mí y muchísimos más de nuevo el castigo es débil y poco aleccionador. Es muy doloroso. ¿Qué esperamos para ser más drásticos,  exigir más? ¿Que maten a alguien ante miles de atentos televidentes y cientos de asistentes a un terreno de beisbol?

Usted madre, usted padre, usted esposa, hijo o hermano ¿está de acuerdo en que un familiar querido arriesgue su vida jugando contra un atleta incapaz de contenerse, que salga a la grama con un bate a repartir swings a diestra y siniestra, aunque no haya sido golpeado personalmente?

Las autoridades, como los fiscales, no se enteran de lo ocurrido aunque lo publiquen la televisión, la radio, sitios de internet, redes sociales y en los espacios deportivos, cubanos y extranjeros -hasta TeleSur, qué vergüenza,- y no proceden de oficio. Como tampoco lo hacen los agentes del orden presentes en espectáculos tan denigrantes.

Si salgo a la calle madero en mano y ataco a un ciudadano cualquiera, enviándolo al hospital por las lesiones recibidas en el rostro, ¿No soy detenido? ¿No soy procesado? Ramón Lunar recibió en el hospital más de 90 suturas por dentro de la boca, y seis en el exterior. El golpe pudo ser mortal.

Tres veces vi el video, leí y escuché los comentarios de nuestros colegas periodistas (algunos se quedaron en la superficie de tan peligroso incidente) así como también la de otros conocedores que integran peñas irregulares que armamos de modo espontáneo, en cualquier sitio. Ningún hecho anterior fue tan agresivo y descompuesto como este.

A estos fangos antecedieron muchos aguaceros y solo le recordaré tres:

Michel Enríquez le fracturó dos huesos a batazos a un árbitro en un hotel de la Isla de la Juventud. Solo fue sancionado por las autoridades beisboleras cubanas, las mismas que antes del cumplimiento fue suspendida para reincorporarlo a preselección del equipo Cuba y en consecuencia al equipo.

En ocasión de expulsar un juez al lanzador Vladimir García por apreciar el golpear de forma intencionada, con un lanzamiento, a un bateador contrario que le había estropeado su labor monticular, el propio presidente de nuestra Federación Cubana de Beisbol, sin estar presente en el estadio ni tener imágenes de los sucedido, lo separó de la 53 Serie Nacional de Beisbol. Después vino la rectificación de tan imprudente medida pero el antecedente estaba creado.

Ahora similar castigo se le da al árbitro actuante en el reciente hecho pero por no expulsar al lanzador tras su segundo golpe a bateadores contrarios. ¡Si expulsas a una estrella te sanciono y si no lo haces también te suspendo! ¡Qué detrimento de la autoridad! ¡Qué irrespeto!

Son tristes verdades, la guapería prima sobre la técnica y la preparación, y seguiremos perdiendo buenos jueces para nuestro deporte nacional pues ¡Palos porque bogas y palos porque no bogas!

Trabajo relacionado:

La calidad de la pelota de Cuba ha decaído mucho Por Pedro Hernández Soto

 

 
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Publicado por en 26/02/2014 en Uncategorized

 

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