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Enfrentamiento de Joseito La Fiera con un padre agresivo*

21 Dic

Por Pedro Hernández Soto

Ilustración cortesía de Roberto Figueredo

Ilustración cortesía de Roberto Figueredo

Joseíto llegó con aquella masa de jóvenes que cambió la composición de clases en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. En aquel año 1961 era un guajirito serio, de poco hablar. Cuando fue ganando en confianza comenzó a aparecer tal cual era en realidad: conversador, sencillo, amistoso, simpático y muy despierto.

La procedencia humilde todos aquellos primeros becarios, la ayuda en la docencia de los más avanzados al resto, la participación en las tareas de la defensa y el trabajo voluntario, la autodisciplina imperante y el ejemplo diario brindado por varios combatientes de la clandestinidad, facilitaron establecer unas estrechas relaciones personales sin importar credos, colores de la piel, nivel de instrucción y demás cualidades que diferenciaban los seres en las sociedades hasta entonces conocidas.

El primer recuerdo que guardo de él fue cuando, dada su alta estatura, lo pusieron a practicar voleibol pero sus movimientos eran toscos y desordenados, y pronto abandonó ese deporte para solo practicarlo como diversión y ejercicio saludable. Se empeñó en la docencia, en ser cumplidor de todos los deberes. Y lo logró a plenitud y aún más, se destacó entre aquel mar de sobresalientes.

Pronto se hizo notar en otros dos aspectos: el primero llamar a sus compañeros por el genérico “combatiente” y el segundo ser un tremendo conquistador de féminas.

Imagínese usted, joven alto, trigueño,  bien parecido, agudo de pensamiento, rápido inventor de ideas, estudiante universitario (serlo en aquella época era carta de crédito de una futura vida acomodada para cualquier pareja) y de los llamados “pico de oro” por lo convincente de su falso discurso de hombre enamorado, Joseíto La Fiera se convirtió un verdadero Don Juan, en la Universidad, Santa Clara y pueblos adyacentes, admirado por muchos de sus conocidos y envidiados por otros.

Así las cosas la única hija de un respetado e importante funcionario público cayó bajo los encantos de su imagen y los arrullos ensayados una y otra vez, y aceptó comenzar una relación, que, de mutuo acuerdo, se profundizó y profundizó… hasta donde ustedes puedan imaginar.

¿Y qué sucedió en aquella pareja de jóvenes inexpertos cómplices en aquel intenso amor? Fértil ella, no menos fértil él, aconteció lo lógico, lo que para unos es bendición de la madre natura y para otros una complicación: resultó preñada la agraciada muchacha, niña de los ojos de su padre y personita destacada de aquella sociedad rural de principios de los años 60.

Aquello lo agravó el hecho que, hasta aquel entonces progenitor orgulloso de la virginidad de su hija, se enterara por terceros de la situación. El chisme pueblerino provocó el cataclismo familiar. El comienzo, solo el comienzo, fue el buen tirón de orejas a la futura madre, el castigo de no salir de la casa, y la búsqueda inmediata de su pareja -aquel tipejo irresponsable social y a la vez hacedor de aquella barriga- para reparar o lavar con sangre, a como diera lugar, aquel atentado a la dignidad de la familia.

Al conocer que el ofensor estudiaba y residía en la Universidad, convencido que su niña había sido vilmente engañada, juró vengar allá, en el mismo centro docente, el honor mancillado.

Como Joseíto era nacido y criado en el mismo pueblo -el funcionario no lo sabía- gargantas amigas le localizaron en el alojamiento de la beca y anunciaron el próximo viaje malévolo del ofendido, poseedor siempre de revólver oculto bajo el saco del blanco traje, usados casi cual uniforme diario.

Algo no citado con anterioridad es la audacia de La Fiera. Ni corto ni perezoso tomó un teléfono, localizó al perjudicado (en realidad la “perjudicada” era la hija) y le propuso un encuentro conciliador en un parque de Santa Clara, en lo que pudiéramos llamar una “zona neutral”.

Y una veraniega tarde se efectuó la tertulia. Claro, Joseíto “combatiente” con la picardía que lo caracterizaba, había apostado con anterioridad, en lugar cercano, un par de becarios, socios a toda prueba, para contar con ayuda inmediata si había un intento de agresión.

Durante un tiempo esperó puntual en el banco señalado y en cuanto apareció el padre incomodado comenzó la conversación entre los dos hombres, dominada por tal imagen de inocencia de nuestro amigo, que merecía un premio Oscar.

Tras diez o quince minutos que a los tensos guardaespaldas parecieron horas, los dialogantes se levantaron de aquel banco situado a la sombra y comenzaron a caminar por una de esas estrechas calles santaclareñas, sin dejar de intercambiar, y de pronto doblar por una esquina.

Los ceñosos cuidadores apresuraron el paso pero cuando llegaron al final de la cuadra no vieron la pareja. Creció la adrenalina, su preocupación alcanzó los mayores valores, pensaron lo peor, de seguro una emboscada urdida por aquel hombre grueso, calvo, de rostro rubicundo y enérgico, enfundado en traje de dril blanco bajo cuyo saco no alcanzaban a adivinar el arma homicida, de seguro bien disimulada.

Temerosos por la integridad física del amigo casi corrieron sin divisar a ninguno de los protagonistas. Y así fue hasta ya recorrida una media cuadra, cuando oyeron el vozarrón de Joseíto salir de una fachada dejada atrás, al pasar ellos con prisa.

Retrocedieron de inmediato, ya corriendo, convencidos de lo peor, hasta encontrarse ante una puerta abierta. Escudriñaron el interior pero en un primer momento no distinguieron nada en aquella penumbra reinante, solo aquella voz, la del entrañable amigo.

Después el acomodamiento pupilar dejó al descubierto la pequeña barra de un bar para ellos desconocido, donde dos hombres conversaban con ánimo. Tras traspasar el dintel respiraron aliviados, las almas volvieron a sus cuerpos, los perseguidos disfrutaban sendos vasos -ya mediados- de ron con hielo mientras continuaban hablando y riendo, riendo y hablando…

Juro que esta historia es cierta, solo cambio nombres y localizaciones. Me la contó uno del grupo, partícipe de principio a fin. El protagonista principal se reconocerá.

 
4 comentarios

Publicado por en 21/12/2013 en Amistad, Cuba, Familia, Sociedad

 

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4 Respuestas a “Enfrentamiento de Joseito La Fiera con un padre agresivo*

  1. Alexis Mario Cánovas Fabelo

    23/12/2013 at 11:16 PM

    Una pregunta:

    ¿Qué cargo tiene ahora ese “pico de oro”?

     
    • hdezsoto

      24/12/2013 at 8:05 PM

      Es un viejito jubilado, inofensivo desde ese punto de vista pero cvon hustorias que contar. Seguiré poniendo otras historias de él para divertirnos un poco. Mucha salkud y properidad en 2014.
      Un abrazo,
      Pedro

       
  2. Juan Vilacoba

    24/12/2013 at 11:57 PM

    Pedro, el personaje protagonist de esta historia lo conozco muy bien,no me costo mucho reconocerlo. Hace un rato le mande un mensje a Joseito,despues el me llamo por telefono,y nos reimos muchisimo comentando los hechos reales de la historiay nos remontamos a aquella epocatremenda de nuestra juventud, a los improvisados guardaespaldas tambien los conozco.
    Lo de jubilado te lo acepto pero noluce tan viejito y lo del pico de oro si te aseguro que todavia lo mantiene.
    Como ingeniero quimico,no quisiera estar muy cerca cuando estes hacienda mezclas…….Pero como escritor si te aseguro que te puedes ganar un gran premio. Eso ultimo lo comente con Joseito.

     
    • hdezsoto

      25/12/2013 at 11:36 AM

      Vila:
      Ja, Ja, Ja… Sabía que muchos de aquellos de aquella dura época compartimos alegrías y sinsabores -y aveces hasta el último pastelito de la cafetería- lo reconocerian. Eres el primero en ubicarlo. Claro que a él también lo recordamos con mucho cariño y sigue siendo un personaje entre nosotros, al igual que tú y muchos más. Con este trabajo sigo rindiendo homenaje a aquel grupo de jóvenes que se superó que se preparó, que n dudó en deramar sudor y hasta arriesgar sus propias vidas. ¿Fue o no algo muy bonito? Tengo más anécdotas de él que espero sigamos disfrutando.
      Un abrazo.
      Pedro

       

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