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Milicias Estudiantiles Revolucionarias de la Universidad Central de 1961 en adelante

24 Abr

El presente trabajo es la segunda parte y final de la conferencia titulada El papel de las Milicias Estudiantiles (MER) de Santa Clara, brindada por el ingeniero Nelson Montiel Benítez el pasado 23 de marzo, en el X Taller Internacional Problemas teóricos y prácticos de la Historia Regional y Local, organizado por el Instituto de Historia de Cuba.

Milicias Estudiantiles Revolucionarias de la Universidad Central de 1961 en adelante

Por Nelson Montiel Benítez

Universidad Central sábado  25 de mayo 1957, manifiesto contra rompe huelgas cómplices de la tiranía

El sábado 25 de mayo 1957 representantes del Bloque de Estudiantes Villareños en la Universidad de la Habana (Agustín Gómez Lubián, Julio Pino Machado y Raúl Sarmiento Carreras) y parte del Comité Pro FEU de la Universidad Central, firman y dan a conocer en la Universidad Central, un manifiesto contra rompe huelgas cómplices de la tiranía. Ramón Pando Ferrer aparece con una copia enrollada en su mano izquierda y a su derecha Julito y Agustín, los dos caídos al día siguiente. Foto donada por Sarmiento, agachado a la izquierda.

Durante 1961, y luego de la derrota mercenaria, con el ingreso de los becarios las Brigadas Ramón Pando Ferrer crecen y transforman en el Batallón 316 de Infantería de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, que desarrolla un amplio programa de actividades militares en función de su preparación para la defensa.

Sus principales cuadros de mando pasan un curso para Jefes de Pelotones, que fue organizado y dirigido por el entonces Teniente Urbelino Betancourt, hoy General de División, que los pone en condiciones de cumplir misiones esas pequeñas unidades en La Defensa y La Ofensiva.

En noviembre de 1961, fueron seleccionados dos pelotones del Batallón, que subieron a las montañas del Escambray a sumarse a las tropas de las Milicias Nacionales Revolucionarias que combatían las bandas contrarrevolucionarias allí alzadas en contra del poder revolucionario. Al frente fueron los oficiales Agustín Broche González, Jefe de Reconocimiento, y Santiago Méndez.

También a finales de ese año, son capturados un grupo importante de miembros de las bandas contrarrevolucionarias y colaboradores de bandidos alzados, y conducidos a la Residencia Estudiantil Universitaria (de los becarios universitarios), donde permanecieron presos por un corto período de tiempo bajo la custodia de los milicianos del Batallón Universitario. Esta operación, que fue conducida por los Órganos de la Seguridad del Estado de la provincia, contó con el apoyo de Rodolfo de Las Casas, Eugenio Urdambidelus (Jefe del Batallón) y otros oficiales y milicianos del 316.

Ya en los inicios de 1962, el compañero Urdambidelus es designado para realizar otras tareas políticas fuera de la Universidad y Nelson Montiel Benítez, quien se desempeñaba como Jefe de la Plana Mayor, pasa a ocupar la jefatura del Batallón;  entonces Broche González sustituye a Montiel.

En agosto siguiente se da otro paso importante en cuanto al papel desarrollado por las milicias universitarias en función de la defensa. El jefe del Batallón Universitario solicita un despacho al Comandante Juan Almeida Bosque, por entonces Jefe del Ejército del Centro (JECFAR).

En la entrevista le fue expresada al Comandante Almeida la voluntad de los estudiantes universitarios de colaborar en cualquier misión de apoyo que hiciera falta en apoyo a las FAR.

En ese momento la propuesta encerraba, básicamente, la idea no expuesta de colaborar al incremento de la base de conocimientos de disciplinas de ciencias, que eran del dominio de los estudiantes milicianos del Batallón, y que pudieran contribuir al fortalecimiento e incremento de conocimientos teóricos en nuestras tropas para el dominio de la moderna técnica de combate que se venía recibiendo. El Comandante recibió con agrado la oferta y manifestó que en breve recibiríamos respuesta.

La contesta llegó con prontitud. Demoró al parecer solo el tiempo necesario para hacer las consultas pertinentes y el ser convocados por el Jefe de Artillería del Ejército del Centro (JAECFAR), el Capitán Víctor Barcaz Martínez, quien nos participó de la aprobación del JECFAR, no de asesorar teóricamente las tropas sino de formar, con los estudiantes universitarios, una unidad independiente de morteros de 120 mm., recibiendo información sobre las características del Grupo en cuestión y las orientaciones acerca de como proceder para conformar su plantilla.

La idea inicial de hacer una labor de cooperación había pasado de pronto a ser una misión directa de instalar en la Universidad una unidad militar con milicianos del Batallón, en su gran mayoría estudiantes. No fue necesario hacer esfuerzo alguno para lograr el completamiento de la plantilla. La respuesta fue masiva. El Teatro Universitario fue testigo, en asamblea multitudinaria, que sobraron las manos alzadas cuando pedimos la voluntad de incorporación.

La formación del Grupo de Artillería de Morteros 120 mm. de la Universidad Central de Las Villas, fue un muy significativo paso en cuanto a la participación del centro docente en los planes de defensa del país y un reforzamiento político decisivo en el orden interno, dada la imagen que ofrecía aquel conjunto de compañeros, vestidos de verde olivo, con esa marcialidad, cantando el Himno nacional temprano en la mañana mientras se izaba la Bandera de la Patria, con esa disposición de preparación, cumpliendo con rigurosidad la cortesía militar en cada momento y lugar, todo lo que significaba una clara advertencia al enemigo en aquellos días de plena confrontación. Lo que no imaginábamos era que dentro de poco nos veríamos involucrados en pleno en lo que sería la Crisis de Octubre o de los Misiles, al borde del cataclismo mundial.

De esta forma, la Universidad Central contaba con un batallón de infantería de milicias, incluida una aguerrida compañía femenina, y un Grupo de Artillería, bien armado, cada vez mejor entrenado, convirtiéndose en un centro docente capaz de participar en acciones directas en la defensa de la Patria, sin abandonar para nada sus obligaciones en su formación como los profesionales que requería el desarrollo impetuoso del país.

Sin dudas, con la creación de la unidad de artillería, el Batallón había sufrido una merma considerable de su potencialidad por cuanto había tenido que ceder parte importante de sus cuadros de mando. Pero quedaba en sus filas aquel embrión fundador que siempre mereció el mayor respeto.

En octubre fuimos movilizados a tiempo completo, siguiendo un curso de preparación intensivo que fue impartido por experimentados oficiales de artillería (tenientes todos) que actuaron como profesores, dirigidos por Rafael Navia y donde participaron los también José Area, Ernesto Casado (caído en misión de combate en Angola), Enio y Espineira como principales instructores.

La Universidad siguió su curso normal, con los milicianos del Batallón también movilizados pero los artilleros se vieron involucrados en una instrucción combativa intensiva, a toda carrera y con todo rigor.

Luego de la Crisis de Octubre, la unidad de artillería se mantuvo en plena actividad de preparación, en estrecho contacto con la Jefatura de Artillería del Ejército del Centro.

De igual, forma, existía un programa de preparación combativa con todos los miembros del grupo, que para no entorpecer las actividades docentes era ejecutado principalmente los fines de semana. Era un principal compromiso de los artilleros.

Los períodos de vacaciones eran aprovechados para los concentrados militares y en ellos participaban los oficiales del Estado Mayor de la Artillería del Ejército.

El examen de tiro en Corralillo

Finalmente, la Jefatura de Artillería convocó para hacer el tiro real, ese sería nuestra evaluación práctica.

Ya estábamos en las diferentes carreras universitarias, lo que exigía una mayor dedicación a los estudios -pero sin abandonar nuestras obligaciones militares- y con ello habíamos profundizado en esos conocimientos básicos de Física, Matemáticas y Química, tan útiles en el desempeño para el tiro indirecto propio de los morteros y la guerra moderna.

Se había mantenido en la Universidad el equipamiento del Grupo (cañones, camiones, proyectiles de guerra, armamento de infantería, todo). Conservábamos intacta el área apartada, lejos de la vida y el tránsito, definida como “Zona Militar”, lo que nos obligaba, en paralelo a los estudios, a mantener el rigor y la disciplina que exigía la existencia y el cuidado de nuestra unidad militar en la Universidad.

No era nada fácil aquello de estudiar para vencer las complejas materias de una carrera universitaria, sin poder eludir la responsabilidad de mantener la custodia de los medios, con un riguroso sistema de guardias, y, sobre todo, aquel lugar donde se almacenaban mil doscientas granadas de morteros de 120 mm., con sus cargas explosivas, que constituían un enorme peligro para las vidas de estudiantes, profesores y trabajadores, y la integridad de las edificaciones universitarias, en caso de una explosión, máxime cuando enfrentábamos a diario una lucha político-ideológica contra elementos desafectos con los cuales compartíamos el día a día del quehacer estudiantil y que bien podían cometer algún sabotaje respondiendo a los planes de agresión constantemente elaborados por el enemigo imperialista.

Se aprovechaban los fines de semana y otros momentos de descanso para hacer los ejercicios militares. Los oficiales del grupo formaban parte de la preparación militar que recibían de oficiales profesionales y por tanto, éramos convocados a participar en las diferentes maniobras militares que se desarrollaban en los lugares definidos para tales propósitos.

Nuestra unidad estaba compuesta por personal ya altamente calificado. Comenzaba para los miembros de nuestro Grupo de Artillería la etapa más compleja, la prueba de fuego: el examen práctico, luego de tantas y tantas clases de preparación, de tantos y tantos ejercicios teóricos. El tiro tenía que salir bien. Era cuestión de honor, de dignidad revolucionaria, de dignidad artillera. Llevábamos casi dos años con todo el equipamiento en la Universidad, haciendo gala de nuestra condición de artilleros y había llegado el momento de demostrarlo.

Una cosa era cierta, nunca habíamos descuidado la preparación, siempre con perjuicio para el descanso de fin de semana o del período vacacional; nunca habíamos descuidado la disciplina.

Por preocupación generalizada en la jefatura del Grupo, fuimos a ver al Jefe de Artillería para trasladarle una sola preocupación y era lo único que pedíamos, un refuerzo para la conducción de los camiones pues algunos de los que estaban emplantillados como tal no ofrecían esa confianza y era riesgoso conducir un camión de guerra con tropas y abundantes granadas de morteros con sus respectivas cargas explosivas. El Capitán ofreció ese apoyo y lo recibimos.

Llegó el día del ejercicio. La caravana militar, durante noche y madrugada, en perfecto orden de marcha, hizo el trayecto de ida sin dificultades desde la Universidad hasta Corralillo y llegamos al campo de tiro al amanecer, haciéndose el despliegue del Grupo.

El “blanco” (un palmar) fue definido y nombrado. Las baterías ocuparon sus respectivos emplazamientos. Cada cual haciendo lo suyo, con dominio absoluto. Trabajamos con los datos elaborados por los computadores y las correcciones pertinentes hechas con los medios ópticos.

Como es usual, comenzamos el desarrollo del tiro por parte de las baterías con su correspondiente reglaje. Luego de ejecutar este paso, y no sin superar con éxito un peligroso problema en la No. 3, en medio de un absoluto silencio se oyeron las fuertes voces de mando para la realización del tiro de Grupo. Sonaron los 18 morteros de las baterías y volaron las palmas por los aires, como muestra fehaciente de nuestra certera puntería, resultado de la excelente faena realizada por todos los factores involucrados en el ejercicio.

Siguieron al atronador ruido de los morteros, todavía humeantes, y cuando aún caían piedras, tierra y fragmentos de árboles, se elevaron los gritos de los artilleros desde sus piezas, mientras acá, en el Puesto de Mando, la alegría no fue menor. La calificación obtenida: Muy Bien.

El regreso fue de día, entre cantos de marchas revolucionarias y vítores. El cansancio del viaje y el trabajo con los tubos, junto al desvelo de la mala noche en los incómodos asientos de madera, quedaron en el campo de tiro.

Luego el Estado Mayor decidió llevarse los morteros de la Universidad, medida con la cual estuvimos todos de acuerdo. Y realmente, nuestro Grupo Independiente de Morteros de 120 mm., nuestros queridos artilleros, que dieron aquel paso firme cuando la Crisis de Octubre, lo necesitaban, se lo merecían.

No obstante, el Estado Mayor no desarticuló nuestra Unidad. Nos quedamos cumpliendo, de forma integrada las misiones de la defensa en la Universidad, reforzando al Batallón 316. Los morteros se fueron pero quedó su alma, quedaron sus artilleros.

El Grupo de Artillería recibió la orden de mantenerse como tal y así recibíamos atención logística y clases de preparación combativa para sus oficiales, a veces en la Universidad, otras en el Estado Mayor e incluso en las maniobras que se desarrollaban en Paso de Lesca, Camaguey, polígono de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. El Ejército del Centro no quería, en modo alguno, desprenderse de aquella valiosa tropa que había dado muestras sobradas y precisas de su decisión y firmeza revolucionarias y querían mantenerla articulada, organizada, localizada…

Ello quedó evidenciado en 1966, cuando la Crisis de Mayo. Fue otro momento de peligro que recabó de la confianza, el valor y el apoyo del pueblo cubano a su Revolución. Nuestro Grupo de Artillería fue movilizado también en esa ocasión,  que fue debidamente orientado al cumplimiento de las tareas entonces requeridas, pero esta vez no como artilleros de morteros de 120 mm. sino que fuimos al cumplimiento de la misión con otros tipos de armas.

Las labores encomendadas encontraron condiciones de vida y climáticas adversas pero fueron consumadas, creciendo con ello nuestro nivel de participación con éxito en las tareas de la defensa, cuando ya estábamos a las puertas de la graduación como profesionales aptos para enfrentar otras tareas, no menos importantes de asumir responsabilidades en el desarrollo tecnológico del país.

Aquellos estudiantes fundadores de las MER siguieron cumpliendo importantes misiones como cuadros para el desarrollo tecnológico de organismos del Estado, dirigentes y técnicos de la producción, los servicios, la investigación o la docencia; altos oficiales de la defensa y el orden interior.

Y todavía hoy, en nuestras reuniones (Ver Universidad Central: becarios del año 1961) , hay espacio para recordar aquella primera etapa, cuando desde la condición de estudiantes, a pesar de ser apenas unos adolescentes, servimos como milicianos en función de la sagrada Defensa de la Patria.

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3 Respuestas a “Milicias Estudiantiles Revolucionarias de la Universidad Central de 1961 en adelante

  1. José Pablo

    25/04/2013 at 3:38 PM

    GRACIAS DE NUEVO A NELSON POR SU PRESENCIA, EXQUISITA MEMORIA QUE NOS PERMITE VIVIR DE NUEVO AQUELLOS HEROICOS TIEMPOS Y SENTIRNOS CADA VEZ MÁS ORGULLOSOS DE LO QUE HEMOS SIDO Y SOMOS ¡¡SOLDADOS DE LA REVOLUCIÓN!!
    POR SUPUESTO, GRACIAS A PEDRO POR DARNOS ACCESO A ESTAS COLABORACIONES EN SU BLOG.

     
  2. Jennie D. Merritt

    03/06/2013 at 4:03 AM

    Y así fue, precisos como nunca, partimos hacia Centro Habana. Allá nos encontramos a Montiel (Nelson) enfundado en un delantal, terminando unas frituras de maíz, con Niki y Mari de ayudantes. Poco después llegaron los “Guajiros” (Muñiz y Deysi), Broche (Agustín), Abdel (Esquivel), y bien tarde Manolito (Bravo) y Lourdes.

     

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