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Un tambor a Ochún

09 Feb

Tenemos una familia cubana amiga integrada por un matrimonio, dos hijos y las dos abuelas. Padre y madre son dependientes gastronómicos, el hijo trabaja como cocinero y la muchacha es estudiante universitaria.

La amistad interfamiliar es fruto de la coincidencia del joven y mi nieto en los entrenamientos de béisbol, desde hace ya cerca de 12 años. A partir de la edad de nueve y hasta los 15 derramaron sudor en las prácticas, formaron parte de las nóminas de los equipos del municipio y la provincia, es decir, vencieron y perdieron, defendieron los mismos colores y banderas.

Se ayudaban, compartían lo que tenían, visitaban mutuamente, discutían, y hasta pernoctaban en una y otra casa, indistintamente. Las familias los acompañábamos a los encuentros en municipios de la Capital y también en otras provincias. Vivimos intensas emociones, momentos felices y otros amargos, pasamos trabajo y también gastamos bastante dinero en todo eso. A pesar del tiempo transcurrido y verse poco, se llevan muy bien, siempre uno se preocupa por el otro; mantienen un fuerte y bello aprecio.

Ahora por una razón especial se produjo la llamada telefónica. El padre se había hecho Obbatalá el pasado año, ahora le correspondía hacerse Iffá (intermediario entre los dioses y los hombres, y los hombres y sus antepasados), festejar con un tambor para que le entregaran el cuarto del santo y nos hacían llegar la invitación de familia a familia.

Por eso sus más recientes semanas fueron de mucha ocupación, además, la señora tenía la promesa de ir al santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre y allá se dirigieron con fe y disciplina.

La Regla de Ocha tiene algunos rasgos terrenales, no es nada rígida. Así, él debía dar ese “tambor” a Yemayá, santo de su iyalocha o madrina, pero como le debe mucho a Ochún (a la vez santo de su señora) solicitó dedicar la festividad a esta última deidad y fue autorizado.

Llegué allí acompañado por mi nieto y unos jóvenes peloteros, sobre las siete de la noche.  Una cuadra antes se podía oír las plegarias de las voces concertadas en un gran coro litúrgico, sustentados en el enardecido y acorde sonar de los tambores. Nos fue difícil abrir la  puerta para entrar a aquella sala atestada de más devotos que invitados respetuosos; allí bailaban y/o cantaban. Predominaban iyawós o creyentes en vías de asentamiento o consagración a un orisha. Cuatro olubatá o tocadores, percutían tambores sagrados; uno de ellos hacía de akpuon o cantante solista. Por supuesto todos con santo hecho.

La mayoría de los presentes éramos mulatos o negros. En cuanto a los géneros predominaban las mujeres. El ambiente era familiar, de fiesta. No aprecié exceso de bebidas alcohólicas. No hubo discusiones. Predominó el orden, las buenas maneras y la cortesía.

Llegamos algo tarde. Según me contaron ya nuestro amigo había salido a la sala a saludar a los presentes y bailar en su festejo, vestido con inmaculado traje blanco, desbordando elegancia. Cumplida esta obligatoria acción se recluyó de nuevo.

Música, coros y baile no se detenían aunque la celebración estaba cercana a su fin. Ante un cántico saludo a Elegguá, un joven consagrado como tal, fue “montado” y comenzó a bailar acompañándose de gritos y palabras ininteligibles. Vino rápida la ayuda de dos babalochas, una de ellas la iyalocha de amigo, pero ellas fueron tomadas por Oyá. Los olubatá continuaron trabajando sin descanso hasta que todo se tranquilizó y solo entonces terminaron.

Yo estaba sentado en una segunda habitación, en una esquinita de un amplio y acolchonado sofá, compartiéndolo con un grupo de señoras de la tercera edad. Ellas también coreaban los cantos a los orischas.

De pronto descubrí frente a mí, en la semipenumbra, un espacio que percibí mágico. Fui develando lentamente misteriosos objetos de veneración. Me envolvió entonces un respeto silencioso frente a toda una mitología de fervores y favores, historias y presentes, humanidades y horrores.

Era un rico muestrario ritual. Se reunían allí, con estricto orden, entre otras cosas, más de una decena de cazuelas que fui detallando una por una. Más esbeltas o barrigonas; más adornadas y vistosas. Las había de madera, de barro y también de aluminio. Pintadas o sencillamente lisas. Enrollados en los pomos de sus tapas reposaban collares de diversos colores, composiciones y longitudes, muy artísticos muchos de ellos, y en los entornos, objetos tan disímiles como estatuillas y postales de santos de la religión católica; espadas de madera y otros materiales con grabados; bastones y cruces también de madera, finamente tallados; cuadros de buena factura realizados al óleo y otros mil objetos.

Terminó el toque y también mi encanto. Salió entonces mi amigo, contento, feliz, ya vestido con ropa de calle. Hacía tiempo que no hablábamos. Lo noté sencillo, relajado, fraternal como siempre. Comimos a la vez, conversando, el buffet que esperaba por los presentes. Había terminado bien este momento en su religión donde ya transitó por hacerse santo con un aislamiento durante una semana completa, el día del Médium con la fiesta correspondiente, el día del Itá recibiendo la palabra de los santos a través de los caracoles, y el mandato de lo que puede hacer y lo que tiene prohibido.

Más información en:

Asociación Cultural Yoruba de Cuba

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7 comentarios

Publicado por en 09/02/2012 en Cuba, cultura, Sociedad

 

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7 Respuestas a “Un tambor a Ochún

  1. victor manuel gonzález albear

    09/02/2012 at 10:16 PM

    bueno, cuando menos pintoresco, amplía el variopinto universo del café mezclado, y cada loco con su tema

     
  2. vladia Rubio

    10/02/2012 at 2:13 AM

    Gracias Pedro, tú, como siempre, enseñándonos a los periodistas de oficio cuánta noticia aguarda por nosotros en la cotidianidad que nos rodea, cuánto para cronicar y recrear en esta variopinta realidad nuestra, tan paciente con nosotros y con nuestros editores, que, felizmente, nos rebasa.

     
  3. Lawrence of Kubabia

    10/02/2012 at 3:47 AM

    Que bello despliegue folklorico!! No se si el amigo te comento el dineral que se gasto en toda esa infraestructura liturgica, el salario de 3 años de un medico cubano quizas. Y quizas, si el te hubiera dicho, le habrias preguntado (periodista revolucionario al fin) “y de donde lo sacaste?”…y asi…
    Ustedes los acuarelistas de la monserga antillana no ven cuando no quieren ver y ven cuando no hay nada que ver.
    Al final de los finales, un santero mas para “el mercado” que buscara “amortizar la inversion” tratando de buscarse ahijados extranjeros o cubanos con FE. Y no lo digo yo, la Bolivar y otros mas llevan años señalando el detalle: cualquiera se hace santo pues es buen negocio. Siempre me acuerdo de Abelardo Barroso y su viaje a Guanabacoa… “y 4.75 que ya se me habia olvida’o”.
    No obstante, lo dicho: bastante picu’a la reseña.
    Sigue asi de insistente que algun dia alguien creera que sabes escribir. Con esa esperanza, decia Balzac del “lector confundido”, uno publica y publica y publica…

     
    • hdezsoto

      10/02/2012 at 11:25 AM

      Cuba es un país de libres creencias religiosas. Cada cual se encomienda a lo que confía. La gente ahorra su dinero y lo invierte en lo que quiere y puede. Eso hay que respetarlo. Usted trata por igual a todos los creyentos y oficiantes como mercaderes, explotadores, simuladores y estafadores. No dudo que los haya, seguros los hay pero no es justo -por hacerle la contra a la Revolución- de meterlos a todos en un mismo saco. No creo en nada que no sea la vida, la sociedad, los hombres, la dignidad, la Revolución y también respeto las religiones y sus creyentes. Al parecer le molesta esta libertad de credo, o el hecho que la mayoría no éramos blancos, o que imperaron las buenas costumbres, o que las mujeres lidereaban el culto… no sé. De todos modos gracias Mr. Lawrence of Kubabia por entrar a mi blog aunque se esconda de modo para nadie valiente en un seudónimo. Seguiré escribiendo sobre todo aquello que veo, oigo, siento y creo, aunque para algunos sean una “bastante picúa reseña”.

       
  4. Marta Sojo

    10/02/2012 at 2:13 PM

    Que buena crónica hiciste. Me deleité leyéndola. Ciertamente nada más que tenemos que mirar con buen ojo, que siempre encontraremos algo interesante que decir. Cariños.

     
  5. XiomaraBetancourt Morillo

    30/03/2012 at 4:57 PM

    Me gust´mucho la crónica, me envió de golpe y porrazo a Santiago en los años de mi niñez cuando el altar de mi abuela era justamente eso que desribe como mágico y misterioso, a la vez aterrador, ya que la intención aunque no fuera dar miedo si nos lo provocaba a todos los niños, por lo prohibido de tocar, las frutas del altar a los santos, coolares y ofrendas de varios tipos.
    Felicidades por llevarnos a esas épocas.
    Xiomara

     
    • hdezsoto

      31/03/2012 at 12:34 PM

      ¿Sabes Xiomara? En mi casa le colocaban ofrendas a Santa Bárbara, tales como manzanas que después nos daban a los muchachos y tenía yo que estar cerca cuando se cambiaban pues si no ¡me quedaba fuera!
      Gracias por tu atención.
      Pedro

       

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