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Luminoso camino a la eternidad

15 Dic

Héctor Ruíz Pérez, mártir de la Revolución

La carretera estaba desierta, los faros del jeep abrían un estrecho paso visible en la fría bruma nocturna de aquel sábado 2 de diciembre de 1961.

El chofer,  Héctor Ruiz Pérez, con sus recién cumplidos 21 años de edad,  y sus dos jóvenes acompañantes trataban de guarecerse lo mejor posible de la baja temperatura que se unía a una alta humedad. Durante toda la tarde les había acompañado una fría y tenaz llovizna al venir desde Santa Clara y realizar el recorrido previsto por una amplia área montañosa donde se ubicaban los municipios  de Mataguá, Manicaragua, Cumanayagua y Trinidad, en el macizo montañoso del Escambray, de la antigua provincia de Las Villas.

De pronto una porción de la cuneta izquierda se iluminó, estalló en disparos. El magro medio de transporte fue blanco de largas ráfagas efectuadas por potentes y modernas armas automática, se estremeció por los impactos, y como herido, con los ocupantes en su seno, continuó avanzando, giró a la derecha, salió de la carretera y precipitó a una cañada seca, al lado opuesto de la emboscada. Habían transcurrido tan solo unos instantes, y de inmediato, en aquel desolado lugar de la vía que une al poblado de Fidel Claro con Trinidad, reinó un opresor y omnipotente silencio, el frío y la humedad.

Unas horas antes habían quedado cumplidas las misiones que consistieron en entregar a esas direcciones municipales de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) una carga de literatura revolucionaria y algunas orientaciones. Unos minutos más en la natal Trinidad, permitieron que Héctor saludara a su mamá Luisa, a quien no veía hacía meses, y a uno de sus hermanos. Un poco después visitó a una gran amiga con la cual intercambió recuerdos de la común infancia.

Nacido en un hogar humilde, desde niño fue de carácter afable y activo. Solo pudo estudiar hasta sexto grado y luego se incorporó a trabajar en un taller de mecánica para ayudar al sustento familiar.

Al triunfar la Revolución  la abrazó y se incorporó a las Patrullas Juveniles, donde realizó múltiples tareas y aprendió más sobre la necesidad de transformar la sociedad cubana.

Al crearse la AJR en 1960 estuvo entre sus fundadores en Trinidad. Al llamado de la organización, para completar importantes órganos revolucionarios, marchó a Santa Clara donde se integró al cuerpo de bomberos como chofer. Allí se mantuvo en constante actividad y por sus méritos fue seleccionado para pasar a trabajar en la Dirección Provincial de la AJR en Las Villas. Comenzó como chofer del Presidente y por su carácter activo, serio y cumplidor, desempeñaba algunas diligencias como funcionario.

En virtud de esas responsabilidades, aquel nefasto día recibió la encomienda de trasladarse, junto a otro activista, a varios municipios de la antigua región del Escambray, infestada entonces de alzados contrarrevolucionarios.

Cerca de las 8:30 de la noche, y ante la posibilidad de posponer el regreso por lo peligroso del viaje, Héctor respondió que había que retornar en ese momento pues el carro hacía falta en la Dirección Provincial al día siguiente. Salieron diez minutos después, tras recoger a un tercer joven necesitado de trasladarse a Santa Clara…

Uno de los primeros disparos impactó a Héctor en la cabeza. Herido de muerte cayó hacia la derecha e hizo girar al jeep en dirección contraria a los emboscados.  En el auto rural, en el fondo de la cañada, en la noche oscura y fría, los dos acompañantes, heridos, decidieron no abandonar al compañero y permanecer junto a él en espera que los bandidos vinieran a rematarlos para completar su macabra obra.

Los alzados vieron caer el transporte a la quebrada y pensaron que, por la intensidad del fuego hecho, no debía quedar nadie vivo.  Quizá tuvieron miedo de cruzar la carretera y entrar en una zona de muy baja vegetación, que los pondría en franca desventaja para poder huir si cercanas tropas de las Milicias Nacionales Revolucionarias acudían con prontitud.

Unos minutos después llegaban los milicianos y con toda la rapidez posible trasladaron los heridos hacia el hospital de Trinidad. Héctor llegó muerto.

Para Luisa Pérez fue un golpe terrible haber despedido a su joven hijo y unos minutos más tarde verlo sin vida por la acción de la contrarrevolución. El primer mártir de la Asociación de Jóvenes Rebeldes en Trinidad fue una pérdida irreparable para su familia, compañeros y amigos. Para todos Héctor emprendió un luminoso camino a la eternidad.

Las fuerzas revolucionarias capturaron unos días más tarde a sus asesinos y sobre ellos se ejerció la justicia revolucionaria.

Con la colaboración del doctor Eduardo Cruz González

Trabajo vinculado:

Cuba contra el bandidismo

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