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Una familia humilde en la Cuba de 1951

19 Jul

La instantánea corresponde a la celebración de los quince de mi hermana Pitito (María Caridad o María, sencillamente). La imagen cuenta de la precariedad económica de la familia. La cumpleañera aparece entre nuestros padres y sus hermanos están en los extremos, Pepe a la izquierda con brazos en jarras, y yo a la derecha; tres tías, casi blancas y, sin casi, gordas y diabéticas; al fondo, Manolito, un muchacho vecino de al doblar; y los convidados de piedra en la pared, mi difunto abuelo materno, el veterano mambí Joseíto Soto (que no aceptó pensión monetaria vitalicia, afirmaba no haber peleado por dinero) y a su lado, el reloj de la familia. Y hasta ahí la relación de personajes.

Hoy quisiera hablarles solo de dos de ellos:

Mi padre, Peyo (Pedro) fue un ser de su época. Huérfano de niño lo crió un hermano mayor instruido pero bruto. Apenas pudo ir a la escuela pública hasta el cuarto grado pero leía a la perfección y escribía con maravillosa letra, compraba (un verdadero sacrificio) y escudriñaba el periódico cada día y la revista Bohemia los domingos, aunque fuese fiada. Oía en la radio todos los noticieros posibles. Fue antimachadista y antibatistiano a morirse, tanto que conspiró contra esas tiranías.

Tenía una sola palabra. Pagaba lo que debía pero había que devolverle lo que prestaba. Trabajador, respetaba y exigía que lo respetaran (decía que ningún hombre era más hombre que otro hombre, y no le despreciaba una pelea a nadie), fiestero, gustaba de las mujeres. Buen padre, buen hermano, buen hijo, buen amigo, hubiera podido ser abakuá. Sumía a todos en la más férrea disciplina hogareña.

Mi madre, Cesán (Cecilia) por supuesto, también fue de su tiempo. Llegó a terminar la secundaria y era maestra de piano, algo que además logró mi hermana. Tenía un magnifico oído y gustaba de tocar música tradicional y zarzuelas en el viejo piano hogareño comprado para Pitito. Cantaba muy bien. Fue de las primeras jóvenes incorporadas a un movimiento feminista en Cienfuegos.

Magnífica costurera, tenía buena reputación y clientela. En tiempos de bonanza su taller se amplió hasta cuatro operarias. Tenía que pedir permiso a mi padre para poder salir a la calle a comprar productos necesarios para sus obras. Estaba obligada a solicitarlo con un día de antelación, y podía serle negado. Puso fuerte el hombro junto a él para que tuviéramos asegurados comida y techo, escuela primaria pagada, ropa y zapatos, y crédito para habilitarnos -al inicio de cada curso escolar- en la librería La Nueva. Trabajó junto a mi padre en acciones conspirativas.

El triunfo de la Revolución trajo para ella una nueva vida: participó en la fundación de todas las organizaciones de masas y en las Milicias Nacionales Revolucionarias, comenzó a laborar en “la calle” pues fue jefa –por muchos años– del taller de costura del Centro Dramático de Cienfuegos. Integró las filas del Partido y se divorció.

 
2 comentarios

Publicado por en 19/07/2011 en Cuba, Familia, Revolución

 

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2 Respuestas a “Una familia humilde en la Cuba de 1951

  1. Vlado

    26/07/2011 at 5:17 PM

    Bonita familia y grandes recuerdos .Un abrazo

     
    • hdezsoto

      27/07/2011 at 4:13 PM

      Sí, Vlado. Esa parte d ela familia no la conociste, las generaciones que les siguieron sí. ¿Sabes? Vivo orgulloso de ellos.
      Pedro

       

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