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Cuba 1950: La policía secreta y el tibor oportuno

12 Jul

De la picardía de los criollos hay cuentos desde los tiempos ancestrales. La mayoría pecan por exceso: somos los más inteligentes, los más despiertos, quienes mejores hacemos el amor y se dicen otro grupo de cualidades más, distintivas todas en positivo. Lo que hoy les narro no tiene nada que ver con uno de esos mitos. Es la historia de un hecho inusual, presenciado en plena niñez, en Cuba, entre gente conocida.

Ella era una avispa, mulata joven, pelo rizado, lindos ojos negros y boca pequeña; una reverenda jodedora cubana, desbordaba cariño y solidaridad pero ¡cuidado con pincharla porque lo que te buscabas era tremendo! No tuvo hijos pero crió dos sobrinos, varón y hembra. Era yo un chiquillo en toda la extensión de la palabra (seis o siete años) pero recuerdo cuanto me mortificaba con chistes sobre el acto sexual.

Estaba casada con Ramón, negro alto y fuerte, abakúa y palero, respetuoso y educado: siempre daba las buenas horas, hablaba bajito y no decía malas palabras. Gustaba de usar guayaberas blancas de cuello sobre camiseta con botones y mangas, y sombrero blanco, de ala ancha con badana negra, no bebía. Siempre portaba algo que podíamos llamar “su instrumento de trabajo”: un pavoroso Colt calibre 38, pavonado en negro, cañón largo. Era el guardaespaldas del alcalde de la ciudad y después lo fue de un acaudalado comerciante cervecero.

Ya con uso de razón he pensado que los diferentes caracteres de Gladis y Ramón equilibraban la pareja. Eran nuestros vecinos más cercanos, pared con pared, si bien era la  nuestra de mampostería, y la casa de ellos, de madera (incluido el piso), soportada sobre pilotes por lo húmedo del terreno y las inundaciones por desbordes de la cercana zanja de la calle Dorticós, frecuentes en época de tormentas y ciclones.

Tenía un portalito a la calle y acceso delantero a través de una puerta de dos hojas, con sendos postigos, estrecha sala, a la que seguían, en orden, el cuarto (separado por una cortina) y la diminuta cocina, en un nivel algo más bajo. Al final un patio de tierra que en primavera era una verdadera ciénaga, compartido con sus otros vecinos, la humildísima familia de los Díaz;  allí estaba ubicado el excusado, también común.

Ramón y Gladis disfrutaban el respeto y la amistad de mi padre y mi madre, amén de la cuadra y por qué no, del barrio. Ella campeaba en mi hogar como si fuera suyo. Eran los tiempos en que, como buenos vecinos, se compartía el platico del dulce de arroz con leche y el buchito de café recién colado. Siempre tenía un espacio en el microtaller de costura de mi madre, para ganarse unos centavos haciendo “candelillas”. Mi cariño por esa pareja perdura hasta después de su desaparición física.

Así las cosas una noche ya dormíamos cuando nos despertaron rápidas pisadas sobre nuestro techo. Pello mi papá, nos impidió levantarnos de la cama. Entonces reparamos en voces y discusiones que provenían de la casa aledaña. Transcurridos unos minutos abrimos la puerta tras vigorosos toques acompañados por un vozarrón que gritaba: ¡Pedro Hernández, abre a la policía!

Tres hombres de la “policía secreta” (todos bien conocidos por Cienfuegos completo) entraron como trombas revisando todo en nuestro hogar. Por supuesto, aquellos agentes de policía nada encontraron.

Cuando salieron para irse en un viejo Ford pintado de verde, encabronados, con las manos vacías, vimos encendida una luz en la casa de Ramón y Gladis. Entonces nos fuimos allá. Nunca había visto tan alumbrada e interesante aquella pequeña sala, en plena madrugada cada objeto parecía tener más identidad, mayor presencia, ser más indispensables. Él en camiseta y pantalón, y ella en bata de casa y chancletas, reían a más no poder.

Y, entre carcajadas nos contó Gladis:

-Ellos gritaron lo de siempre ¡Abran, a la policía! Uno de los jugadores se quedó congelado en la mesa junto a Ramón, un segundo se fue por el patio a la casa de los Díaz y el otro también salió al patio, al parecer subió al techo de la cocina y escapó por el de ustedes. Y yo… bueno, a mí me dio por recoger el dinero y las cartas y correr hacia la cocina. Dudé donde esconderlo y se me ocurrió poner boca arriba el tibor, depositar allí el dinero y las cartas, quitarme los bloomers, sostenerlos en la mano, y sentarme sobre el recipiente, como si estuviera “excretando” (Claro, no fue esa la palabra que usaba ella para describir la acción).

“Cuando uno de ellos entró a la cocina, desde esa posición le grité: ¡Oye coño, sal de aquí! Y él preguntó: ¿Qué haces ahí? Y yo le contesté: ¡No ves! ¡Excretando! ¿Quieres ver, oler y probar? Entonces él me dio la espalda, dijo algo en voz baja que no pude entender y se fue”.

Entonces reímos nosotros también y nos fuimos a dormir. Al mediodía siguiente, a mi regreso de la sesión matutina de la escuela, pude ver a un hombre en el techo de mi casa que, bajo la mirada atenta de Ramón, colocaba nuevas tejas.

 
3 comentarios

Publicado por en 12/07/2011 en Amistad, Cuba, Sociedad

 

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3 Respuestas a “Cuba 1950: La policía secreta y el tibor oportuno

  1. Vlado

    26/07/2011 at 5:19 PM

    jajajajaja, el ingenio criollo aparece en las mas duras situaciones , no hay nervios .

     
    • hdezsoto

      27/07/2011 at 4:15 PM

      Ya ves, es así. Ella era extraordinaria y con esa chispa tan criolla. Se ganó el afecto de muchísima gente por lo buena persona que era.
      Saludos,
      Pedro

       
  2. Graphics

    04/08/2011 at 11:17 AM

    Nice Blog with Excellent information

     

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