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Mi Escalinata de la Universidad de la Habana

22 Jun

Los sueños eran los de cualquier joven de aquellos años 50: ingresar en la Universidad, subir aquella escalinata de una mística propia e inigualable, confundirme con el resto de la masa juvenil, participar en sus luchas y protestas, y graduarme allí como todo un profesional para lograr una vida económica y social tranquila y reconocida. Mucho pesaba la justa reciprocidad a los desvelos de mis padres.

Terminé el bachillerato en ciencias, a mediados de 1956, allá en el edificio construido para el Instituto de Segunda Enseñanza de Cienfuegos, ubicado en la carretera que lleva al Cementerio Tomás Acea. En la Universidad de la Habana me concedieron la matrícula gratis por las buenas notas obtenidas y los bajos ingresos de mi familia. Algo curioso: todos los trámites los hice a través de correos (recepción y devolución de planillas y otros documentos, avisos por telegramas, etc.) que para mí funcionó a la perfección.

En los primeros días del noviembre inmediato vine para la capital. Traía $60.00 que mi padre había pedido prestados al dueño de la importante librería La Nueva, a la vez vecino nuestro en la natal calle Cuartel. Con esa pecunia debía solventar los gastos de mi estancia durante ese mes pues el plan consistía en que buscara un trabajo de oficina para poder mantenerme mientras estudiaba. Con ese objetivo durante mis dos meses de vacaciones aprendí mecanografía en el Instituto Privado Aguayo.

Me trajo, más que acompañarme, el después doctor en medicina Carlos Margolles, en aquel entonces activo miembro de la FEU. Él tuvo el encargo de mi padre de situarme en un lugar seguro, pues yo había sido detenido al participar en la huelga por la muerte del estudiante Rubén Batista. Aquel día casi me agarran con “las manos en la masa” después de la rotura de una vidriera del establecimiento de un comerciante que no quiso respetar el cierre decretado para todo el país.

La ubicación que Carlos me buscó no pudo ser mejor. La casa de huéspedes estaba a cuatro cuadras de la Universidad y el marido de la dueña era guardaespaldas de un alto dirigente de la CTK (así llamada por ser la CTC tomada a la fuerza por los sicarios batistianos). Invertidos en ese alquiler, y algunos otros gastos obligados, todos los fondos “volaron” rápido de mis flacos bolsillos.

En aquella morada los tiempos transcurrieron tranquilos e, incluso, los domingos iba el jefazo, elegante, vestido con trajes de seda italiana, cuello y corbata, para jugar al siló con nosotros y compartir una botella de coñac Felipe II que con generosidad aportaba. Claro, como siempre gana el banco, el poderoso vencía, nos dejaba “arrancados”. Entonces preguntaba cuanto había perdido cada uno y nos lo devolvía. Aquellas apuestas eran solo para entretenerse pues no le interesaban los centavos que pudiera limpiarnos.

Así las cosas el 11 o el 13 de noviembre empezaron las clases. Yo había matriculado Ingeniería Eléctrica quizá por el hecho que un primo la estudiaba y otros familiares (dos tíos y un tío político) trabajaban en la Compañía Cubana de Electricidad. Recibíamos clases en el anfiteatro de la hoy Facultad de Química, situada en Zapata casi esquina a G, y también, por supuesto, en la Facultad de Ingeniería Eléctrica, ya dentro del recinto universitario.

El 27 de noviembre de 1956 fue un día especial. Respondí a la convocatoria para la manifestación en conmemoración del asesinato de los estudiantes de Medicina. Era mi primera actividad de protesta, en La Habana, contra el régimen. Subí por la calle que lleva el nombre de la efeméride y utilicé la entrada lateral del recinto universitario. Cuando traspasé el lobby del Rectorado observé la calle San Lázaro despejada hasta Infanta, intersección esta que se divisaba como una gran mancha azul que ocupaba calles y aceras, y se extendía en profundidad. Nunca había visto tantos policías juntos.

Aquello no amedrentó a la tropa de jóvenes decididos a quienes, en inmensa mayoría, no conocía. Comenzamos cantando el Himno nacional. Le siguieron las consignas por la Revolución y contra la dictadura de Batista. No éramos tantos. Delante marchaban los más resueltos. Muchos vecinos nos acompañaban con su coro firme. Era algo desconocido por mí.

Todo sucedió muy rápido. No nos dejaron llegar a Infanta. Vino el choque con la policía, violento, feroz, brutal. Toletes de madera y potentes chorros de agua contra manos y piedras. Comenzaron a sonar los disparos y vino el repliegue hacia la Universidad. Subimos corriendo la Escalinata. Pasaron varias perseguidoras accionando sus ametralladoras contra nosotros. Un joven delgado, negro, cayó unos pasos delante de mí, herido en la cabeza. Sobraron los brazos solidarios para trasladarlo hasta el hospital Calixto García.

Me guarecí en el primer acceso que encontré. Fui hasta el techo del castillejo que en aquel entonces albergaba la librería Alma Máter. Allí encontré tres jóvenes de pie ante una hoguera y al lado varios cocteles Molotov. Se acercaron cuatro perseguidoras desde 23 y L para girar frente a la Universidad en busca de San Lázaro. Uno de los estudiantes, rubio, atlético, tomó una de aquellas botellas, la encendió y la lanzó a los autos. No impactó a ninguno pero su explosión en plena calle y la llamarada que produjo seguro impresionó a los tripulantes, al igual que a nosotros. Vino la orden de retirada. La cumplí por la misma vía que había llegado.

El día 30 se produjo el alzamiento de Santiago de Cuba, organizado y liderado por Frank País, preparatorio del desembarco del yate Granma. La Universidad fue clausurada. Debí regresara a Cienfuegos pues no había encontrado trabajo en aquella Habana tan compleja y desconocida. Cuando volví a subir la Escalinata lo hice tras el triunfo revolucionario, como dirigente de la Federación de Estudiantes Universitarios de la Universidad Central de Las Villas.

Ttranscurridos 55 años, no puedo aún sintetizar y describir las emociones que sentí, con mis apenas 17, cuando subí por primera vez la Escalinata. Era la conclusión de muchos sacrificios, propios y familiares, y el comienzo de otra etapa mucho más difícil. Miles de pensamientos, sueños y recuerdos se agolparon en mi mente y, en aquel ambiente de la entonces Plaza Cadenas, percibí un olor particular que aún no he olvidado. Me comprometí a estudiar y graduarme por encima de todas las dificultades y escollos.

Hoy, cuando tomo la calle Ronda o subo por San Lázaro, miro los brazos del Alma Máter en la cúspide de la Escalinata y recuerdo las veces que me acogieron. Ambas son hoy partícipes y testigos de juveniles conciertos o fogosos actos de reafirmación revolucionaria. Así sea por siempre.

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1 comentario

Publicado por en 22/06/2011 en Uncategorized

 

Una respuesta a “Mi Escalinata de la Universidad de la Habana

  1. Daily

    24/06/2011 at 2:13 PM

    Pedro muy interesante tu crónica, seductora y conmovedora, supongo que dentro de algunos años cuando se acreciente la nostalgia por esa etapa indeleble de la vida, pueda dejar en unas líneas la constancia de 5 años importantísimos en los cuales aprendí un montón de cosas. Los tiempos son otros claro está pero lo cierto es que una mirada atrás siempre nos ayuda a comprender muchas cosas. Un abrazo y un beso. Me gusta tu blog.

     

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