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El central Corazón de Jesús. Cuba, año 1958

16 Jun

Fue una mañana a principios de enero cuando el carro de alquiler me dejó en el paseo de la carretera de Santa Clara a Sagua la Grande, justo al comienzo de un polvoriento camino, que zigzagueante se internaba en un mar de verdes cañas. Me dijeron: “por ahí se va al central Corazón de Jesús” y decidí  esperar – no había otra opción- protegido del sol bajo un precario colgadizo de unas yaguas sostenidas por cuatro palos.

Al poco rato un viejo camión Chevrolet (lo recuerdo como si fuera hoy), de cabina pintada de verde –con múltiples abolladuras- y cama repleta de cañas limpias y bien ahiladas, respondió a mis señas, detuvo su marcha y accedió a llevarme, parado sobre el estribo y agarrado de la puerta,  mientras mi maleta reposaba en las piernas de unos de los ocupantes del asiento delantero.

Era una vía estrecha y en mal estado. En las ocasiones que nos cruzábamos con un carro transitando en sentido contrario, yo obedecía al chofer que me decía: “entra la cabeza”, entonces, en ocasiones, sentía las rozaduras de las hojas de caña en la espalda.

Aquellas dificultades no me interesaban. A mis diez y ocho años me sentía orondo en aquel lugar desconocido.  Quince días antes había estado en la Habana, en las oficinas de la Compañía Fiscalizadora Caimital, ubicadas en un moderno edificio de la Avenida de las Misiones (ahora se encuentra allí el Poder Popular provincial), donde me habían contratado como inspector de los colonos para trabajar en la zafra azucarera que recién comenzaba. En dos días me explicaron mis funciones incluyendo la frecuencia de información y como llenar el modelaje correspondiente.

El sistema de aviso funcionó. Hacía 72 horas había recibido en Cienfuegos, un telegrama  con un texto que decía algo como: Preséntese tal día a tal hora en el local de los colonos del central Corazón de Jesús. Le esperará Fulano de Tal para que usted se haga cargo de nuestra inspección técnica allí.

Es claro, yo no sabía donde estaba ubicada tal fábrica y tuve que organizar todo el viaje, viajar a Santa Clara en un ómnibus de la línea Flecha de Oro y después coger algo hacia Sagua. La única inversión obligada fue la compra de una maleta de cartón carmelita, ridícula imitación a piel de cocodrilo, en una tienda de la calle Castillo.

El Corazón de Jesús estaba enclavado en el municipio de Sitiecito, en la nación ocupaba el puesto 121 en capacidad de producción (180 mil @ por día) y era propiedad, junto al Ulacia S.A., de Francisco Blanco Calás. Esta familia pertenecía a la más rancia sacarocracia cubana pues poseía además los centrales América, Alto Cedro, Ramona, San Ramón y Carolina. Él era accionista de las compañías Azucarera Atlántica del Golfo (el más grande consorcio azucarero norteamericano), Azucarera Mariel S.A. y de la Azucarera Central Ramona S.A. Era un importante corredor de azúcar y destacado especulador, y amigo íntimo de Fulgencio Batista y Zaldívar quien, según algunos autores, tenía fuertes intereses en sus dos centrales.

Al entrar al batey el camino transcurría por el costado del ingenio y, a su vera, estaban en orden una buena casa, la fonda –espaciosa, ventilada, limpia, de madera y tejas, pintada de amarillo y con amplios portales- y al fin la oficina de la Asociación de Colonos, lista para múltiples usos y, más que todo, lugar de espera para no pocos aspirantes a la oportunidad de “coger un tajo” en cualquier corte de caña por la ausencia o enfermedad de algún habitual. Otra causa para el llamado temporal de los desempleados era la aparición de algún incendio de grandes proporciones en las plantaciones. Los enlistados para suplir en el ingenio hacían sus esperas cada día en el basculador de los carros o en el piso de azúcar (lugar donde se encontraban las centrífugas y las máquinas para el ensacado del azúcar).

El recibimiento fue bueno. Me esperaba el presidente de los colonos y con él fui a la administración, al laboratorio del central, a la casa-hospedaje, y la fonda.

Como era el único inspector mi vida fue muy agitada: debía controlar una industria de producción continua, pagadora a mis contratadores por el rendimiento de sus cañas. En la concreta era fiscalizar, durante tres turnos cada día,  peso y calidad de la caña molida, los pesos y polarizaciones del azúcar y la miel final obtenidas; y calcular parámetros semejantes en el bagazo y la cachaza.

Todo eso lo compensaba el otro plato de la balanza. Allí estaba el salario: ¿saben ustedes lo que representaban $165.00 mensual y los gastos de alimentación, alojamiento y transporte? Aunque aquel Potosí solo me duró setenta días pude ahorrar para pagar la matrícula -y comprar los libros- del segundo año de la Escuela de Maestros Químicos Azucareros, de Cienfuegos (de la cual escribiré en próxima oportunidad) pero antes mejoré mi ajuar. Mi padre no me aceptó que contribuyera a la economía hogareña.

En la estructura del central el máximo era el administrador, le seguían en orden el jefe de maquinaria, el de fabricación y por último el del laboratorio. Sus objetivos industriales debían ser coincidentes pero por puros intereses personales sus actuaciones no siempre iban en esa dirección. Discutían entre ellos muy a menudo e incluso llegué a ver, en una ocasión, irse a las manos los jefes de fabricación y maquinaria.

No existía mucho tiempo para distracciones, que, por lo demás no eran muchas: el dominó, las tertulias en cualquier lugar tranquilo, la lectura en la casa y una vez a la semana ir a Sagua la Grande, a los bares y prostíbulos. También nos poníamos a oír o tocar rumba en el barracón de los macheteros, que estaba algo detrás de la fonda.

Sobre esto último debo precisarles que entonces no juzgué aquel albergue pero hoy lo califico como tremendo: una nave para amarrar hamacas donde dormir y sentarse, pertenencias personales guardadas en sacos de yute o cajones de cartón, dos excusados para casi treinta hombres, la cocina rústica no alcanzaba y muchos debían cocinarse la comida en el suelo, dentro en un calderito propio sobre tres piedras; y todos llevar esos comestibles al día siguiente para el corte y allí  comerlos fríos, pasadas entre 10 o 14 horas de su cocción y sin ninguna medida de conservación.

Fue bastante para mí al debutar en la vida laboral.

Con la intervención revolucionaria este ingenio tomo el nombre de la madre de los Maceo,  Mariana Grajales, y después, no hace tanto, por los bajos precios del azúcar se decidió cerrarlo pues siempre fue un ingenio de poca molida y bajos rendimientos.

Pero quiero que sepan que de Corazón de Jesús guardo recuerdos imborrables para toda mi vida, tal cual el olor de las melazas y los jugos de caña, el fuerte sonido de los choques de las muelas de enganche de los carros de caña rompiendo el silencio de las madrugadas tibias, el urgente pitazo del central llamando al trabajo y la fraternidad del saludo de las manos obreras o campesinas.

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7 Respuestas a “El central Corazón de Jesús. Cuba, año 1958

  1. pedro felix gutierrez turrubiartes.

    17/06/2011 at 12:30 PM

    historias de vida, historia de vida, no lteraria, con la fuerza sencilla y natural de los hechos vividos y los momentos realizados, te falto tu visita a Mexico, tu conferencia en casae la cultura, donde se acaba de presentar elena poniatowska, de tus conferencias en la television cultural del estado potosino en mexico a proposito del convenio enre ambas ciudades, la habana y san luis que por entonces cumplian 400 años sobre la faz de la tierra. y luego acapulco, y el viaje en el mar y tus amigos de alla del issste,Y la ciudad de Mexico, y los lideres de la FTSTE, Y el asesinato politico a una cuadra de nuestro hotel minetras llamabamos por telefono a tus amigos dl imperio televisa. y despues el regreso a casa lleno de zapatos y de recuerdos. mi querido Pedro tu amorosa carta por nuestra amistad aun la conservan mis hijas con orgullo y veneracion. vaya un gran abrazo para ti los tuyos y ese pueblo generoso que produjo u hombre como tu para vivie con nosotros y enseñarnos la vida.

     
    • hdezsoto

      17/06/2011 at 6:20 PM

      Gracias hermano menor, cuantos buenos recuerdos. Tomo tu idea, te prometo una reflexión sobre aquellos radiantes días. Tú, esa bella familia y los amigos mexicanos bien lo merecen. Es una deuda. Un abrazo de los acostumbrados entre nosotros: ROMPECOSTILLAS.

       
  2. Aixa

    25/06/2011 at 12:50 PM

    También guardo en mi memoria aromas y ruidos de la molienda, y hasta tuve mi primera experiencia laboral (asalariada) en un centra azucarero. Se que son recuerdos imborrables, puedo distinguir el olor de las mieles, el guarapo y la cachaza a kilómetros de distancia, y me has hecho añorarlos en tu hermosa historia. Gracias.

     
  3. Leone Torres

    17/06/2016 at 4:48 AM

    Oye Pedro, te quedo buena esa cronica. Felicidades, luego te voy a escribir la cronica de mi primer trabajo diez anos después del tuyo. Saludos desde Montreal.

     
    • hdezsoto

      25/06/2016 at 3:19 PM

      Ante todo perdóname la tardanza en atenderte. Situaciones ajenas a mi interés me lo impidieron. Contacta conmigo por un mensaje de Fb para enviarte mi correo de trabajo y me devuelvas entonces la crónica.. Gracias. Saludos.

       
  4. Padre Delvis Mederos

    06/03/2017 at 2:27 PM

    Qué recuerdos me ha traído el leer esta crónica. Yo nací en ese central allí pasé mi infancia y adolescencia. Conozco a la familia Blanco antiguos dueños del ingenio. Por vueltas de la vida me hice sacerdote y la viejecita capilla del central donde me náutica y crecí en la fe es una de las iglesias que atiendo.

     
    • hdezsoto

      07/03/2017 at 12:57 PM

      Gracias por su atención y me satisface haberle traido buenos recuerdos.

       

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