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Día de matanza

01 Jun

La visita al Matadero municipal de Cienfuegos era para mí un día de excursión, de recreación. Se producía una vez a la semana, siempre sábado, aunque en vacaciones la frecuencia podía aumentar a dos. El viaje lo organizaba algún carnicero, para junto a otros, coordinado lo que cada uno iba a comprar, lograr una transportación más barata. El contrato con mi padre comprendía llevarlos, esperarlos y traerlos de vuelta.

Es por ello mi sonrisa en esta fotografía, al lado de mi progenitor, donde aparecen también otros chóferes de alquiler y algún carnicero, en una pequeña elevación justo al comienzo de la carretera hacia el barrio de O´Bourke. Eran relaciones que se establecían allí, en aquel mercado de carne.

Para un niño de diez u once años era una fiesta ver escoger, comprar, arrear, sacrificar y destazar vacas y toros. Me recuerdo subido al segundo o tercer travesaño de madera de aquella cerca que una vez estuvo pintada de rojo, cuyo fin era contener a aquellos recios animales destinados al sacrificio.

Mi puesto de observación era lugar peligroso pues las reses se movían furiosas hacia cualquier lugar cuando se sentía enlazadas por los tarros o el cuello. Por ello debía estar muy atento a todo lo que allí pasaba. Entonces aquellos hombres, algunos mas fieras que las enlazadas, iban, a base de maltratos y tirones de las cuerdas, llevándolas hacia el pasadizo que conducía al salón de sacrificio, donde, atadas ya a una fuerte columna de hormigón (sostenedora en parte del techo de vigas de acero y tejas acanaladas de alumino), morían de una certera puñalada en el corazón.

Pero aquellos vacunos no siempre eran heridos de muerte. A veces cuando uno, en sus estertores, se soltaba de sus amarras empezaba otro espectáculo de persecución dentro del local, que duraba algunos minutos más. El final era siempre el mismo, el arrastre de la res, quizás a veces aún moribunda, hacia otro sitio de aquella gran nave, donde se despiezaba en cuartos o aún en piezas menores.

Se incorporaba al espectáculo la escena de algún que otro matarife recogiendo en un recipiente la sangre que brotaba del animal, y beberla cruda allí mismo o guardarla –con paja de maíz dentro para evitar que se coagulara- con destino a la venta o el regalo a algún humano con la hemoglobina baja. Era común la notable presencia de mendigos con latas (personas mayores y niños) a la espera del regalo de un pedazo de cualquier víscera para llevar a su casa.

Trascurrida la mañana el regreso a la casa en el carro con gente apretujada y esperar hasta la próxima invitación de mi padre, para eso era el mayor de los varones, el único con edad y sexo para esos espectáculos.

 
1 comentario

Publicado por en 01/06/2011 en Comercio, Cuba, Familia

 

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Una respuesta a “Día de matanza

  1. Caridad Miranda Martínez

    01/06/2011 at 10:51 PM

    Pedro: Muy bueno que nos permitas compartir tus recuerdos. El título delo blog me parece excelente-

     

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