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El hijo del lechero de Macún

En Cuba cuando uno reclama derechos dice a menudo: “Yo no soy el hijo de Pepe, el globero” o “Yo no soy el hijo del lechero”. Pero tengo un amigo que puede decir lo segundo, en cualquier lugar y momento, así, con orgullo y satisfacción: “Yo soy el hijo del lechero de Macún”. Si no me cree, conozca esta historia.

Recién me iniciaba en las tareas como director del periódico Vanguardia, allá a mediados del decenio de los años 70 del pasado siglo.  Aún no estaba concluido el complejo hidráulico del norte de Villa Clara, con sus presas y conductoras, que permitirían el riego de extensas áreas sembradas de caña o de cultivos varios, y a la vez, controlar las inundaciones de las zonas bajas.

Era octubre -y cercana la conmemoración de la desaparición en el mar del Comandante Camilo Cienfuegos- cuando se desató en la provincia una tormenta muy severa. Fueron varios días de intensa lluvia. El agua corrió violenta, incontrolable, destructora. Se desbordaron ríos y afluentes; perdiéronse arrastrados, diques y tranques. Los daños fueron cuantiosos. Casas derrumbadas, labranzas perdidas, arrancados segmentos de carreteras. Hasta el fondo patrimonial inmueble de Remedios, una de las siete villas fundacionales, fue afectado: hubo cimientos debilitados por la subida del agua subterránea.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias, al frente del pueblo, impidieron pérdidas humanas y salvaron lo salvable. Logramos subir dos fotógrafos en par de helicópteros que participaron en los rescates y trajeron magníficos testimonios gráficos de heroicidades y también de desgracias.  Con una selección de fotos en toda una página (era momento de los diarios de hojas grandes) intentamos dar la magnitud de la tragedia a los lectores villaclareños.

Al otro día -observando una conmovedora instantánea publicada (ahora no preciso la autoría de Manuel de Feria o Pepe Hernández) donde un tripulante de una de las aeronaves, sumergido en el agua hasta la cintura, traía cargada en sus brazos hasta el autogiro a una niña a todas luces campesina-, se me ocurrió pedirle a un activo y destacado corresponsal deportivo voluntario que teníamos en Sagua la Grande, que buscara el periódico y sobre aquel dramático cuadro nos hiciera una crónica.

Cuando hice contacto telefónico con José Antonio Fulgueiras (Sagua la Grande, 1952), en la oficina de la Empresa de Teléfonos donde trabajaba,  y le hice la petitoria, me contestó: “Sí, vi la foto, precisamente estoy terminado una crónica y en unos minutos se la envío”.

Así fue. Al poco rato nuestro teletipo comenzó a imprimirla con aquel ruido atronador que le distinguía, oíble en toda la redacción y hasta en el vecindario. De inmediato me la trajeron, la consulté con mi inolvidable amigo, profesor y jefe de redacción Roberto González Quesada (Premio Nacional José Martí, Por la obra de la vida). Cuando terminamos de leerla y tras aprobarla con no poco asombro por la ostensible calidad -de aquel entonces aprendiz-  recuerdo le dije: “Roberto, este da periodista”. El Patriarca exhibió una media sonrisa y me contestó con una frase corta y precisa, tal cual acostumbraba: “Tienes toda la razón”.

Tras algunas discusiones logramos incorporarlo a la plantilla de cargos con el compromiso de hacerse Licenciado en Periodismo. Comenzaron para él tiempos de mucho rigor, primero terminar la Facultad Obrera (nocturna) y después hacer la carrera en la Universidad de la Habana (por Curso para Trabajadores), yendo y viniendo en moto, expuesto a sol, sereno, frío y lluvia, costeando de su salario todo este movimiento, hasta cumplir.

Lo recuerdo muy audaz, en aquella moto CZ asignada o en el jeep, cámara fotográfica colgada al hombro, recorriendo guardarrayas, bateyes, barrios, ciudades, muelles, almacenes, fábricas, buscando, indagando, pulsando la vida para después detallarla con prosa clara y precisa, resaltando fortalezas y debilidades de hombres y mujeres. También improvisando décimas en los momentos de recreo o en pleno cañaveral,  en las entregas de estímulos a las brigadas de corte de caña, manual o mecanizado.

Integró un trío respetable junto a otros dos tremendos colegas: Efraín Sacerio Guardado y Rene Ruano Arencibia. Ellos le dieron no pocos color, sonido y sabor a cuanta actividad desarrollaron. Fueron soporte y motor –junto a otros- para aquella difícil tarea que yo enfrentaba.

Gracias al Fulgue disfrutamos durante dos años los que resultaron ser los primeros juegos nacionales de softball de la prensa, en Sagua la Grande, consiguiendo el apoyo de la UPEC, así como del Partido, el Gobierno y las poderosas industrias locales. Asi mismo, en ocasión del aniversario 20 del diario, promovió un galardón sui géneris, muy importante para la economía nacional, destinado a aquellos integrantes eficientes de la cadena puerto-transporte-economía interna. Con ello despertó un verdadero movimiento de masas con saldos positivos para el territorio y fortaleció el sentido de pertenencia de la población hacia el periódico.

Varias veces me invitó a conocer a su familia. Un buen día aprovechamos un viaje a Isabela de Sagua y llegamos a su hogar en pleno Macún, finca de tierras bajas que enlaza al poblado con la ciudad de Sagua la Grande. Típico cobijo campesino, modesta vivienda en plena sabana, resplandeciente en limpieza, organización y mas que todo por el cariñoso trato; pasamos allí un rato muy agradable. Tuve la oportunidad de conocerlos a todos y de paso la génesis de su alta calidad humana.

Ya al retirarnos vi reposar, bajo un colgadizo,  un viejo y empolvado carretón de cuatro ruedas, rectangular y cerrado, de un color amarillo ya desteñido por los años, varas de tracción en ristre. El Fulgue me explicó que “había sido el sostén de la familia pues mi padre fue lechero”; es decir repartía leche en aquel transporte cada día, desde bien temprano en la madrugada, durante muchos, muchísimos años.

Al saber que “El muerto de Sagua” (como se me autonombra cada vez que establecemos comunicación por cualquier vía) presentará su más reciente libro Los hombres de negro (sobre destacados árbitros en la historia del béisbol en Cuba), en la Casa de la Prensa, el próximo viernes 20 de enero, vuelvo a ver aquel viejo carretón amarillo y se me antoja un monumento a una pareja de campesinos cubanos que lucharon durísimo, en condiciones muy difíciles, para educar y abrirle camino a sus hijos.

Hoy, el hijo del lechero de Macún, José Antonio Fulgueiras es reconocido como escritor, periodista, poeta, con mucho más de una decena de buenas obras publicadas (honestamente he perdido la cuenta), una misión internacionalista cumplida, varios notables premios ganados con su esfuerzo, y electo a importantes cargos por méritos personales y profesionales. Es orgullo de su familia y de nosotros sus amigos. Y por todo eso estaré allí el viernes, para aplaudirle a él y a sus padres, a Vanguardia próximo a cumplir 50 años, es decir, a toda su familia.

 

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Una familia humilde en la Cuba de 1951

La instantánea corresponde a la celebración de los quince de mi hermana Pitito (María Caridad o María, sencillamente). La imagen cuenta de la precariedad económica de la familia. La cumpleañera aparece entre nuestros padres y sus hermanos están en los extremos, Pepe a la izquierda con brazos en jarras, y yo a la derecha; tres tías, casi blancas y, sin casi, gordas y diabéticas; al fondo, Manolito, un muchacho vecino de al doblar; y los convidados de piedra en la pared, mi difunto abuelo materno, el veterano mambí Joseíto Soto (que no aceptó pensión monetaria vitalicia, afirmaba no haber peleado por dinero) y a su lado, el reloj de la familia. Y hasta ahí la relación de personajes.

Hoy quisiera hablarles solo de dos de ellos:

Mi padre, Peyo (Pedro) fue un ser de su época. Huérfano de niño lo crió un hermano mayor instruido pero bruto. Apenas pudo ir a la escuela pública hasta el cuarto grado pero leía a la perfección y escribía con maravillosa letra, compraba (un verdadero sacrificio) y escudriñaba el periódico cada día y la revista Bohemia los domingos, aunque fuese fiada. Oía en la radio todos los noticieros posibles. Fue antimachadista y antibatistiano a morirse, tanto que conspiró contra esas tiranías.

Tenía una sola palabra. Pagaba lo que debía pero había que devolverle lo que prestaba. Trabajador, respetaba y exigía que lo respetaran (decía que ningún hombre era más hombre que otro hombre, y no le despreciaba una pelea a nadie), fiestero, gustaba de las mujeres. Buen padre, buen hermano, buen hijo, buen amigo, hubiera podido ser abakuá. Sumía a todos en la más férrea disciplina hogareña.

Mi madre, Cesán (Cecilia) por supuesto, también fue de su tiempo. Llegó a terminar la secundaria y era maestra de piano, algo que además logró mi hermana. Tenía un magnifico oído y gustaba de tocar música tradicional y zarzuelas en el viejo piano hogareño comprado para Pitito. Cantaba muy bien. Fue de las primeras jóvenes incorporadas a un movimiento feminista en Cienfuegos.

Magnífica costurera, tenía buena reputación y clientela. En tiempos de bonanza su taller se amplió hasta cuatro operarias. Tenía que pedir permiso a mi padre para poder salir a la calle a comprar productos necesarios para sus obras. Estaba obligada a solicitarlo con un día de antelación, y podía serle negado. Puso fuerte el hombro junto a él para que tuviéramos asegurados comida y techo, escuela primaria pagada, ropa y zapatos, y crédito para habilitarnos -al inicio de cada curso escolar- en la librería La Nueva. Trabajó junto a mi padre en acciones conspirativas.

El triunfo de la Revolución trajo para ella una nueva vida: participó en la fundación de todas las organizaciones de masas y en las Milicias Nacionales Revolucionarias, comenzó a laborar en “la calle” pues fue jefa –por muchos años– del taller de costura del Centro Dramático de Cienfuegos. Integró las filas del Partido y se divorció.

 
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Publicado por en 19/07/2011 en Cuba, Familia, Revolución

 

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