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Haití y las plagas no bíblicas

El terremoto sufrido en Haití hace poco más de dos años ha puesto a prueba la humanidad de los gobiernos poderosos. Y han suspendido.

Ese 12 de enero de 2010 el 70 % de la población haitiana no tenía trabajo, tan solo el 25 % ganaba más de dos dólares al día, la mitad de la población no tenía atención médica, la mitad de los niños no iba a la escuela y solo  5% de las carreteras se encontraban en buen estado.  El sismo fue el peor de los sufridos por el hermano país: 222,570 muertos, 300,572 heridos y dejó sin hogar a 1.5 millones de haitianos. El 78 % de los desplazados no tenía casa propia.

Desde hacía mucho tiempo Haití era el más pobre de los países de América. Quizá las grandes potencias le hacían pagar el pecado de ser la primera patria negra libre del mundo pero su mantenido status económico social no dejaba de ser más que una asignatura pendiente para el mundo civilizado.

Y por si la desgracia del temblor de tierra fuera poca, debido al agravamiento de las ya infernales condiciones ambientales, apareció la epidemia de cólera que mató a 7 mil personas tras infectar a más de medio millón.

Hoy aún 520 mil refugiados viven en campos de emergencia, sin las mínimas condiciones sanitarias, solo el 40 % de la población laboral tiene empleo y 4,5 millones de habitantes sufren penurias alimentarias. Se han construido o rehabilitado 430 kilómetros de carreteras.

En cuanto a los niños uno de cada tres padece malnutrición crónica en tanto que 15 mil menores de cinco años sufren de desnutrición aguda. Los escombros retirados ascienden al 50 %, solo tres millones de personas han recibido ayuda para purificar el agua que usan.

Con estos datos, cuando menos, usted podría pensar que el millón de personas salidas de los campamentos han sido mejoradas. La verdad es mucho más cruel. Según encuesta divulgada por Cruz Roja Internacional, tan solo un tres por ciento lo hizo porque su hogar había sido reparado, y el uno por ciento debido a que consiguieron un mejor refugio. A todas luces, el resto vaga a la intemperie.

Tras la ocurrencia del sismo se abrieron muchas cuentas bancarias, espacios en estaciones de televisión y radio, periódicos, revistas e Internet. Cientos de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) promovieron recaudaciones; el presidente Barack Obama creó el Fondo Clinton-Bush para promover y coordinar el envío de las ayudas de individuos y corporaciones, y asegurar rapidez y seguridad en las donaciones. Muchas naciones enviaron comida, alimentos, mantas, médicos, medicinas, agua, dinero, carpas.  Y los Estados Unidos tropas para imponer su orden. Ellos mueven los hilos de la ocupación militar impuesta con la Minutah.

La ONU calcula que de los 4,600 millones de dólares (más de 3,623 millones de euros) prometidos por las naciones donantes en 2010 y 2011, sólo se ha entregado un 43%.

El ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, nombrado desde el fatal momento, enviado especial de la ONU para Haití, viajó de nuevo en enero al sufrido país. Tras entrevistarse con el primer ministro haitiano, Garry Conille, se ocupó de ver la marcha de la recuperación de tres inversiones extranjeras, y se retiró.

En estas condiciones “el enviado” y su rimbombante Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití cesaron en sus funciones. ¿De qué reconstrucción han hablado?

El presidente de Haití, Michel Martelly, reconoció hace unos meses que gran parte de la ayuda recibida se había utilizado mal. El mandatario haitiano dice desconocer en qué se ha invertido la mayor parte de los millones que han entrado a la tierra de Toussaint Louverture. Sus declaraciones y actitud en cuanto a resolver con urgencia los problemas de los afectados le han granjeado no pocas críticas de los lamebotas de los imperialistas. Estos últimos le achacan el desconocimiento de la utilización de los fondos a los inconvenientes que ha tenido para asumir el control del territorio. ¿Recuerdan el manejo de fondos en Iraq, Afganistán y Paquistan?

Martelly ha pasado a encabezar el control y destino de la ayuda, precisado a resolver la crisis habitacional, la producción agrícola y el relanzamiento del turismo. Por los menos algunos analistas reparan en su preocupación. Como apoyo Haití pidió a los países donantes una contribución para este año de 231 millones de dólares.

Recientemente se reunieron en Puerto Príncipe, la capital, el viceministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Temir Porras, el canciller de Haití Laurent Lamothey, para avanzar en el proyecto acordado en la XI Cumbre de la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (ALBA), no solo desde la perspectiva de un plan humanitario sino de desarrollo de esa geografía caribeña. Incluso, el jefe de gobierno venezolano, antes del anuncio de la operación quirúrgica, había notificado una visita a su homólogo en marzo. La Comisión Europea aprobó en enero un programa de 23 millones de euros para reconstruir carreteras, viviendas, edificios públicos y escuelas.

De modo simultáneo haitianos y cubanos trabajan en la creación de una estructura y red sanitaria que permita resarcir las condiciones sanitarias infrahumanas, padecida por siglos, que pronostican hacer endémica la epidemia.

Haití necesita con urgencia de la ayuda extranjera para subsistir y salir adelante. Tenderle la mano fraterna es cuestión de humanidad. El socorro no debe verse como algo paternalista, ni como una limosna. Sino un deber solidario. Muchos han instrumentado una ayuda –en ocasiones mínima- al compás de beneficios personales, de corporaciones y hasta políticos. Esa comparsa solo aspira “al vidrio” (apariciones en televisión) en la búsqueda de posiciones de opulentos benefactores, y mecenas que cual migaja, dan un “poquitito” de lo que les sobra.

En una trágica feria, algunos medios de prensa divulgan un triunfo la solución de las herramientas de un peluquero o la implantación de prótesis a uno de los miles de minusválidos dejados por el terremoto. Parece que olvidan que el resto vive aún en la mayor pobreza, sin las más elementales condiciones de vida, en la ignorancia.

El circo mediático ha llegado a usar la desgracia de los haitianos para presentar lo último de la moda en el vestir y el calzar, haciendo de esta desdicha humana un hecho más del insensible “glamour” de lentejuelas de las clases dominantes, hegemónicas y por encima de todo, inhumanos.

 

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