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Una clase magistral

06 ago

Arnaldo Milián Castro

Corría la mañana del 14 de abril de 1976 cuando penetré en el salón de reuniones del periódico Vanguardia (que cumplirá su aniversario 50 el próximo 9 de agosto). En un principio quedé algo deslumbrado por el brusco contraste de luminosidad en el exterior y aquella iluminación interior. Me esperaba allí un nutrido auditorio, para mí desconocido, y acompañaba Ofelia Acosta Nazco, a la sazón miembro del Buró Provincial del Partido que atendía el Departamento de Orientación Revolucionaria.

Hacía tan solo tres semanas que el doctor Eustaquio Remedios de los Cuetos, entonces rector de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), me había llamado a su despacho para informarme que le había telefoneado el compañero Arnaldo Milián Castro, primer secretario del Comité Provincial del PCC en Las Villas (aún no se había ejecutado la Nueva División Política Administrativa), para hacerle llegar una petición oficial sobre mi: trasladarme a trabajar en la organización política; y Bebo (como llamábamos cariñosamente a Remedios) quería conocer mi disposición.

Para mí aquello fue un mérito sorprendente y me apresuré a decir que sí, sin saber que tarea me tocaría en el futuro. Me desempeñaba entonces como docente en la Escuela de Ingeniería Química e integraba el Buró de los comunistas universitarios, órgano con algunas funciones de municipio.

Para alistarme solo demoré el tiempo imprescindible en hacer entrega de todos los documentos regentes de las asignaturas que impartía: planes, programas, notas de preparación, ejercicios resueltos, diapositivas y placas transparentes sobre equipos y procesos, y un sinfín de recursos que había acumulado en casi doce años de labor educativa. No obstante mantuve la dirección de los trabajos de diploma que representaban mucho en mis anhelos de culminar el doctorado iniciado en 1974, en la Universidad Técnica de Lodz, Polonia.

Aquel para mi “memorable”día, Ofelia me presentó como el nuevo director del diario provincial. Hoy reconozco que mis armas principales eran una formación ingeniera que me permitía planificar, organizar, desarrollar y controlar procesos; las experiencias en la dirección del trabajo docente e investigativo en una escuela y también en una facultad, ambas universitarias; la práctica del trabajo político ideológico en UCLV, primero en la UJC y después en el PCC; y la decisión de enfrentar aquella nueva misión, soportada en una profesión para mi desconocida.

Encontré un colectivo admirable. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos muy revolucionarios, laboriosos, colaborativos, con mayor o menor cultura (graduados universitarios y no), creadores y polémicos. No puedo nombrarlos a todos, ni siquiera a quienes más me ayudaron. Los represento en los nombres de dos respectivos fundadores: Roberto González Quesada, jefe de redacción y mi maestro, y Pedro Méndez Suárez, director del semanario humorístico Melaíto.

Transcurridas unas tres semanas de aquel ir y venir (a menudo corretear) por pasillos, redacciones, talleres, locales de administración –día, noche y madrugada-, entre nuevos olores (de bobinas de papel, tinta de periódico, quimicales y lubricantes) y el estudio de textos de redacción, sintaxis y otras disciplinas periodísticas, recibí una llamada por teléfono de la secretaria de Milián pues él quería hablar conmigo.

Con la voz acompasada y el convincente tono que le caracterizaban el dirigente “me invitó cuando yo pudiera” a encontrarnos para hablar sobre el periódico. Por supuesto, de inmediato le respondí que el día y a la hora que él dispusiera.

Me recibió afable, sonriente, en la puerta de su oficina, ese mismo día, a la hora convenida, las exactas dos en punto de la tarde. Le conocía desde el año 60, e incluso más, había trabajado a sus órdenes, como jefe de producción, en el puesto de mando de siete centrales azucareros que el Partido instaló con personal de la UCLV, en el central Perucho Figueredo, de Encrucijada, durante la zafra de 1970.

Fueron más de tres horas de trabajo, interrumpidas tan solo por llamadas telefónicas que tuvo que atender y en una ocasión para tomar agua y café. Recién egresado de la docencia universitaria, inmediatamente después de aquel intercambio -y para siempre- lo he calificado como una lección inolvidable.

Arnaldo Milián me explicó “del pi al pa”, -en un resumen muy bien estructurado, serio y profundo- sobre la práctica del periodismo marxista-leninista, martiano y fidelista. No hubo duda sin aclaración, no hubo tema importante sin abordar.

Ya en la despedida, en la puerta de su despacho el dirigente me dijo unas palabras que casi guardo textuales en mi memoria. “Pedro, esperamos mucho de ti, es una tarea difícil. Eres el director, decidirás lo que se pone y no. Cada vez que tengas una indecisión llámame si lo crees conveniente. Te ayudaremos, apoyaremos y criticaremos.”

A partir de aquel día, por el compromiso contraído, comprendí que mi vida había cambiado de modo radical, no regresaría en mucho tiempo a las aulas universitarias, no terminaría mi Aspirantura a Doctor en Ciencias Técnicas. Una nueva profesión se abría ante mi, llena de desafíos y riesgos, tan hermosa como cualquier otra.

A través de 36 años guardo como un tesoro, aquellas enseñanzas sobre la importancia del periódico en el trabajo revolucionario, como herramienta del Partido para educar y organizar las masas y su propia militancia.

En aquel encuentro con Arnaldo Milián Castro, en mayo de 1976, recibí una clase magistral.

 

 

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